miércoles, 22 de junio de 2016

Cómo tunear una camiseta. Episodio uno.

Estamos en racha de confesiones estéticas, mi estimado público: hoy traigo a colación que tengo una larga y fructífera historia de amor con las camisetas. Las considero, tras la rueda y la copa menstrual, de lo mejorcito que ha inventado la humanidad. Desde la adolescencia las idolatro, porque me permitían esconder las formas femeninas cuando no quería mostrarlas. O sea, casi siempre. Solían ser camisetas oversize, de chico o un par de tallas más grandes que la mía habitual, lo cual explicaría mi actual querencia por las camisetas masculinas, que ya no disimulo.
Y por otro lado, lo reconozco. Soy una gamberra de tomo y lomo, no puedo seguir ocultándolo más. Me encanta toquetear cosas y cambiarlas, dejar mi huella, que se note que he pasado por ahí. No voy dejando las paredes llenas de pintadas por aquello de no dar mal ejemplo a mi progenie, pero casi.
En esta ocasión os presento una bonita camiseta tuneada. No es un proyecto de costura pero es de personalización que incluye tinte y bordado, ¿os vale? Pues nos ponemos manos a la obra.
Érase una vez una inocente camiseta, blanca y pura como la nieve recién caída, tal que así: 



Imagen propiedad de la marca Gamberro -serie limitada 2.015- (Facebook)

Decidí que una cosita tan inocente y algodonosa no podía quedarse así y recordé un pack para teñir con índigo que había comprado hacía un par de años y que guardaba celosamente para algo pequeño, pero molón. Bueno, tan pequeño no es, que es una talla S de hombre -menos ceñida que el modelo para chica-. Así que me puse manos a la obra e hice mi primer tinte con índigo. Debo decir que la peste de las reacciones es tremebunda, pero merece la pena ver cómo la química hace su trabajo. El último paso, sacar la camiseta del baño de tinte y colgarla para que oscurezca durante un rato, es mágico.



El baño tiene mala pinta y huele aún peor.
Cuando está dentro, la camiseta es amarillenta



Aquí al final de la media hora de oxidación



En el bajo se ve la pequeña parte que aún no ha reaccionado


Luego quise seguir haciéndole cosas, porque soy una insaciable de la peor especie. Siempre pensé que el logo se presta a hacerle un relleno, así que usé pintura textil de efecto 3D en la hoja y en la rosa, como si fuera un dibujo a colorear. Y usé glitter plata para rellenar los brillos de las letras. Todo lo que usé es de la marca de Lidl, CreaBox. Para terminar, quise bordarle un par de detalles: la empuñadura de la daga, en gris, la punta mojada en sangre, de mi absoluta cosecha, y le cosí tres pequeños botones en forma de flor, como poéticas gotitas de sangre (así es mi curioso concepto de la poesía, muy gore).



Los detallitos, de cerca



El tinte no quedó uniforme, pero me encanta así; 
las marcas de la espalda parecen arañazos 
(mi concepto torturado de la poesía de nuevo a la carga)



Y así quedó: nada que ver con la blancura del comienzo. En las últimas fotos se aprecia el color real del índigo.






En uso, como hay que disfrutar las cosas


lunes, 13 de junio de 2016

Saliendo del armario

Una larga temporada sin publicar ni coser tienen sus motivos. Necesidad de un descanso, de cerrar por un tiempo esta ventanita que la costurera funámbula abrió al mundo en un momento dado, para abrirse a sí misma en un paréntesis gigante. A veces la necesidad llega sin avisar, de golpe. Un buen día uno cobra conciencia de que hay cosas que es necesario contar a los seres queridos. Y que no hay mejor idea que abrazar lo que uno es.
No deja de tener gracia que, dada mi afición/obsesión por organizar armarios, haya vivido en uno -virtual, eso sí- durante más de veinte años. Así que ya es hora de romper la puerta, sacudirme las telarañas y salir, de una buena vez. Soy bisexual. Callarlo ha sido una de las peores cosas que he hecho en mi vida, no tanto porque he defraudado la confianza de quienes me quieren y merecían saber esto de mi, sino porque mi propio miedo me ha hecho un daño terrible al enredarme sola en una espiral de automutilación mental y emocional muy peligrosa. Tomen nota: la falta de autoaceptación es la mejor receta para la infelicidad.
El otro aspecto de mi que llevo demasiado tiempo disimulando es mi identidad de género. Vivo en un cuerpo de sexo femenino, pero nunca me he sentido mujer. Debo decir que tampoco me siento hombre, para quien tenga esa duda metafísica. Tengo una identidad de género no binaria: soy agénero. Me he obligado a mi misma a vestir de forma femenina durante demasiado tiempo para evitar preguntas, prejuicios y miradas reprobatorias. Pero en la vida de toda persona llega un punto en el que ya no se puede más, en el que el reflejo que devuelve el espejo es una distorsión de lo que uno siente que es, lo cual desde luego no es un hecho mentalmente sano ni moralmente aceptable. Salir a la calle cada día de pésimo humor para interpretar un papel que no cuadra no es el mejor plan para el resto de la vida, ¿no creen?
Si me tuviera que resumir en una frase, diría que soy una persona a la que le gustan las personas. Tan simple como eso. Tan complicado como eso. Uso todos los pronombres, preferentemente los femeninos (a pesar de los pesares, le tengo cariño a la identidad que me ha resguardado tanto tiempo), pero también los masculinos y los neutros, dependiendo de las circunstancias, mi humor, etcétera.
Y si cuento esto aquí es porque mi cambio físico ha sido notorio y se verá en las fotos; quien avisa no es traidor, dicen. Mi expresión de género (mi aspecto, dicho en plata) es mucho más andrógina que antes y obviamente, los proyectos de costura a los que les doy vueltas ahora son distintos. En la transición hacia mi verdadero yo, estoy en el lado queer de la costura, mi herramienta de autoconstrucción favorita. ¡Hasta pronto!