martes, 13 de enero de 2015

Organizando el armario para coser mejor

Parece mentira, pero hace ya más de seis meses desde mi última entrada sobre patrones básicos. El pasado año no fue especialmente favorable a mi costura ni a este blog y tuve que adaptarme al ritmo lento de los acontecimientos. Estuve muchos meses cosiendo poco (para lo que solía) y obviamente, nada de bloguear ni de andar por ahí contando lo hecho. 
Tenía muchas ganas de sacarme la espinita con una entrada que llevo tiempo meditando. Tiene que ver tangencialmente con la costura, pero más bien con la organización y planificación previa de la lista de costura y con el aspecto general de la gestión de los recursos indumentarios de que todos disponemos, tengamos la habilidad costurera o no. Voy a mezclar estrategia práctica con las reflexiones que me guiaron en su momento. 
Aviso a navegantes: este es un post largo, leer en un asiento cómodo.  La autora de este blog no se hace responsable de las lesiones derivadas de la lectura inadecuada de esta entrada. Usar con moderación, disfrutar responsablemente y ante cualquier duda, consulte con su costurera o fisioterapeuta.



¿Quién le pone el cascabel al gato?



El tema de la organización es uno de mis mantras personales; suelo decir que el tiempo es mi única riqueza y como no sea por una buena razón, me fastidia mucho perderlo. Ya he hablado con anterioridad de la productividad y planificación de la costura, pero hoy abordo el paso previo a la lista o plan de costura, ya que para saber exactamente qué hay que coser, hay que saber antes qué se necesita. Así que, aunque parezca una perogrullada a veces toca reflexionar, sobre todo cuando llega ese momento odioso en el que te das cuenta de que por más que metas la nariz en un armario atestado de ropa, siempre terminas pensando que "no tienes nada que ponerte". Uno de mis momentos de lucidez de 2.013 (hace año y medio ya, aprovechando las vacaciones de verano) me condujo a hacer una profunda limpieza de armarios que duró dos meses, y que repercutió en mi costura posterior mucho más de lo que yo pensaba en un principio. Tardé todo ese tiempo no tanto por la cantidad de ropa que había que purgar, sino por la escasez de tiempo que podía dedicarle a la tarea cada día y por la minuciosidad con que me enfrenté al reto. Mi armario como conjunto no estaba funcionando, me sentía atrapada en la sobreabundancia de lo que yo llamo "la maldición de la mujer moderna" y tenía que hacer algo drástico para encaminar mi frustrante caos mañanero. Os detallo los pasos que seguí para no morir en el intento y que el resultado de la limpieza sirviera realmente para algo más que para echar ropa fuera y despejar el campo.
  1. Hice un inventario de lo que había en cada armario. Un inventario es básicamente un recuento, así que cogí una hoja de cálculo y me creé un documento donde detallé todas las categorías que creí necesarias. Hice una primera subcategorización basándome en las dos temporadas principales del mundo de la moda comercial (otoño/invierno y primavera/verano), que luego desmenucé a placer: pantalones, vestidos, faldas, camisetas, blusas o prendas de abrigo para cada temporada iban siendo contadas debidamente. Aparte creé una categoría para la ropa de ocasiones especiales y no sujetas a estacionalidad (trajes de novia, fiesta o tradicionales), que aunque no suelen ser de uso común sí que ocupan sitio en el armario metidos en fundas o cajas de almacenaje. Conté hasta la ropa interior, los calcetines, las medias, los pijamas. Todo. Apunto que mis categorías son las que me funcionan bien a mí, pero quien prefiera puede usar cuatro: frío, calor, entretiempo y ocasiones especiales, o las cuatro estaciones + ocasiones especiales. Esto debe cuadrar con la lógica personal de cada uno para funcionar.
  2. Empecé un proceso de selección que me hizo crear cuatro montones de ropa: 
    1. la que se queda
    2. la que está en buen estado y se va (donaciones familiares/vecinales, trueques con amigas, Cruz Roja, Cáritas o contenedores de recogida, según gusto del consumidor) 
    3. la que está en mal estado y no es reparable (y cuyo destino inexorable es el punto limpio, junto con los zapatos viejos)  
    4. la que se queda, pero necesita un remozado (y va temporalmente al cuarto de costura a recibir un remiendo creativo, un tinte, una reforma o sufrirá una reconversión posterior en otra cosa).
  3. Para ayudarme a decidir en mi proceso selectivo, elaboré un pequeño cuestionario que apliqué religiosamente a cada prenda. Lo cual explica, de paso, porqué tardé tantísimo en mi proceso.
    • ¿Cuánto hace que no la uso? La respuesta ya nos da una pista sobre las prendas infrautilizadas que tenemos. Si algo lleva varios años en nuestro armario sin ser usado, malo. A estos efectos, no nos aporta nada nuevo saber que llevemos seis meses sin sacarlo si estamos hablando del abrigo de lana de cada invierno (ese no cuenta), pero si tenemos un maravilloso vestido de gasa bordada que lleva la friolera de diez años en su percha y nunca ha sido usado, algo hemos hecho mal. Ehem, culpable.
    • ¿Me queda bien? La prenda tiene que sentar como un guante, ser exactamente de la talla de uno, sin apreturas ni holguras excesivas. Ni dejarnos pliegues raros en zonas comprometidas, ni caer sobre el cuerpo de forma extraña. Es absurdo guardar como un tesoro ropa de tallas que ya no son la nuestra, con la esperanza de recuperar lo que ya no será como antes. O comprar una prenda que de entrada no termina de quedarnos bien sólo porque es "del color perfecto" o "de mi marca favorita y está taaaan rebajada". Hay que atreverse a ser exquisitos y exigentes cuando se trata de elegir prendas que se supone que vamos a llevar mucho. Si te sientes asfixiada por esa camiseta tan mona o sufres porque se te caen los vaqueros, aprende a interpretar las señales. Si sólo compras, usa el probador, por mucha fobia que le tengas; si coses, haz una glasilla o versión de prueba, lo agradecerás. Y vence la pereza a la hora de arreglar tú misma o hacer arreglar aquella ropa que no te sienta bien, siempre vale la pena poner en uso una prenda que, a fin de cuentas, es una inversión.
    • ¿Me favorece? En este punto analizamos el color y el estampado del tejido y su coincidencia con nuestra apariencia, aunque para que ésto sea posible hay que tener una idea más o menos clara de cómo es el propio estilo y cierta conciencia de lo que nos sienta bien. Por lo general, la ropa que debe quedarse es aquella que nos hace sentir de maravilla, que cuadra con el tono de nuestra piel, cabello y ojos y nos aporta "luz" al rostro. Es un concepto artístico: como seres coloreados que somos, hay gente en la que predominan tonalidades frías y gente en la que predominan tonalidades cálidas; llevar prendas de la gama contraria sienta simplemente como una patada en la cara. Una prenda con la que no nos vemos con buen aspecto no debería quedarse, por mucho valor sentimental o económico que tenga.
    • ¿Me gusta? Aquí hay que tener en cuenta las preferencias personales. Si odio los botones, ¿porqué me empeño en tener camisas o polos; sólo porque "se llevan ahora"?. Ay, las tendencias, cuánto daño han hecho al imaginario estético personal. Por una vez, démonos el gusto y seamos coherentes. Si no gusta absolutamente todo de esa prenda, no se compra (o no se cose).
    • ¿Necesito esta prenda? La pregunta del millón, señoras y señores. Si la prenda no cuadra con ninguna de mis actividades diarias (¿recuerdan el concepto de necesidades indumentarias?) ni con mi estilo, debería irse. El viejo uniforme del anterior trabajo, prendas demasiado "vestidas" o muy deportivas para mi día a día, unos pantalones que no me pondría jamás porque "no termino de sentirme yo con ellos", pero son tan bonitos deberían buscar nuevo hogar.
    • ¿Porqué la guardo? Ahí caben toda clase de explicaciones y autojustificaciones peregrinas: desde la simple comodidad (como aquella vieja camiseta dada de sí que te pones cada fin de semana o el chándal del Pleistoceno Superior que ya está descolorido y lleno de bolitas), el valor sentimental (piezas heredadas o regaladas por gente que fue importante en nuestra vida, o porque fueron el primer X que compramos con un sueldo adulto) hasta el valor económico (joroba muchísimo renunciar a una prenda cara cuyo color no termina de cuadrarnos) o el estético (hay ropa realmente preciosa que cuesta mucho dejar ir) explican que carguemos, años después de haberlas comprado, con prendas que están sin estrenar o han sido puestas sólo un par de veces.
 Una vez terminado el proceso, con su correspondiente examen de conciencia, me di cuenta de varias cosas.
  • Aunque había bastante ropa en mis cajones, la ropa que usaba con frecuencia real en mi rotación semanal era muy poca. Sin darme cuenta, mis atuendos cotidianos giraban en torno a unas pocas prendas e ignoraban sistemáticamente el resto de opciones disponibles. Guardaba camisetas manchadas o rotas por pereza, por no tirarlas o dedicarle un rato al arreglo de turno, o prendas que no me iban bien de talla porque me daba pena dejar ir algo que me gustaba mucho, que había llevado en momentos felices o que no quería dejar marchar por no reconocer una compra fallida. Así que la ropa que se fue llenó varias bolsas y me dejó los cajones casi vacíos. Lo más sorprendente de todo esto es que, pese a la limpia drástica que supuso, no noté una gran carencia de prendas. La gran lección de todo esto es que, siendo honesta, necesito mucha menos ropa de la que creía. En consecuencia,  tampoco necesitaba tanta como había anotado en mi plan de costura anterior (que se basaba en lo que ya había, no en mis necesidades reales). Lo cual fue un alivio porque ya me veía a mí misma en plan "sweatshop" cosiendo a destajo cual condenada a trabajos forzados.
  • Me di cuenta de otra cosa fundamental. Aunque no era la primera vez que hacía limpieza de armarios, sí que era la primera ocasión en la que lo hice con criterios claros y definidos. Y lógicamente, me percaté de pifias del pasado, con respecto a adquisiciones/costuras anteriores y pretéritas limpiezas de armario hechas al buen tuntún y sin rumbo fijo. De ropa de la que me desprendí sin estar totalmente segura y que hoy echo de menos o que decidí quedarme para no hacerle ni caso. De ropa cuyo color ni de lejos me favorece pero que adquirí o cosí por puro placer estético, sin tener en cuenta si cuadraban con mi vida y mi aspecto. De que mis errores me han costado dinero. Curiosamente, ésta es la realidad que más me ha dolido, porque en los tiempos que corren a nadie le sobran los euros, y una compra fallida es dinero tirado a la basura, regalado a la vecina o dormido en el fondo de un cajón. Hace tiempo leí, a propósito del decrecimiento económico, sobre el concepto de coste por uso de las prendas de vestir, que ya he ido aplicando por aquí en mis reviews costuriles. Resumiendo mucho, el coste por uso de cada prenda (o de cualquier objeto) se averigua dividiendo el precio de la misma por el número de veces que se ha usado. A mayor uso, menor coste por uso. Fácil de entender hasta para alguien de letras, ¿verdad? Aplicando este criterio, uno termina dando la razón a quienes recomiendan adquirir prendas de buena calidad (no necesariamente de marcas de campanillas, ojo), pero sí bien terminadas, bien confeccionadas y con materiales y detalles que las hacen duraderas. Lo cual, claro, no suele aplicarse a la ropa de calidad mediocre y precios irreales (tanto al alza como a la baja) que uno encuentra en la gran distribución, la venta por catálogo o el súper/híper de turno. En cuanto a mi costura, me aplico el cuento pensando mejor qué coso y porqué. Al principio cosía por impulsos, seducida por un tejido o un patrón nuevo más que guiada por mis propias necesidades, lo cual me generó tener algunas prendas muy bonitas pero nada útiles. No me apetecía usar algo que me había llevado no sólo dinero, sino tiempo confeccionar. Y eso, para alguien que odia perder el tiempo, es una bofetada en la cara.

Así que, aprendiendo la lección con la mayor dignidad posible, las repercusiones en mi costura fueron claras y directas:

  1. Elaboración de una lista o plan de costura más eficaz, en función de lo que me gusta llevar y realmente necesito. Mi costura se articula desde entonces en torno al concepto "colección cápsula", que procede del mundo de la moda y cuya aplicación detalló el año pasado en la serie de posts "The Wardrobe Architect" Sarai Mitnick, la diseñadora de Colette Patterns. En mi caso, estas pequeñas colecciones de prendas compatibles entre sí tienen que cumplir con el requisito prioritario de ser combinables con el resto de mi ropa de temporada, para que lo que se va deteriorando o jubilando pueda salir del armario sin dejar huecos significativos y el número de prendas por temporada permanezca relativamente estable. Este concepto, desde luego, es flexible y debe adaptarse a las propias necesidades; no me suele hacer falta pensar y coser una colección cápsula completa. Si una temporada no necesito realmente una prenda de abrigo, hago mis planes con lo que ya tengo y planifico coser lo que sí necesite por razones de sustitución: por lo general partes de arriba o alguna de abajo. A estos efectos busco patrones básicos que me permitan, con la única variación del tejido o las propias opciones que ofrece, tener una especie de "colección cápsula permanente" con la que jugar.
  2. Reduccción del número de prendas que necesito coser. Desde luego, establecer una cantidad razonable de prendas por temporada es una cuestión muy personal, pero objetivamente depende de varios factores: de la frecuencia con la que se realice la colada (y ésto depende del número de personas que vivan en una casa, del volumen de ropa sucia generado y de la capacidad de la lavadora), de si disponemos de secadora o no, o de la estación del año que estemos planificando. En mi caso, en invierno necesito más prendas porque no tengo secadora y dependo de la meteorología, así que necesito más prendas para no perder libertad de movimientos, mientras que en verano puedo pasar con menos porque todo se seca enseguida. También ocurre que en invierno uso más capas de ropa, cual cebolla, y en verano no necesito tanto material textil para cubrirme.
  3. Costura lenta. Mi ritmo de costura ha bajado, es una realidad. No sólo se ha debido a mis avatares de salud -que han tenido parte de culpa el año pasado-, sino también al hecho de tener las ideas más claras y pensarme mucho más qué voy a hacer. Empecé a coser para mí en plan experimental, pero poco a poco fue tomando forma la idea de confeccionarme mi propio guardarropa. No tanto por motivos económicos (hacer ropa de calidad en realidad no es barato) como por motivos prácticos (me cansé de no encontrar cosas que me gustaran ni me terminaran de quedar bien) o éticos (prefiero no comprar ropa que sé que ha podido confeccionar alguien que no cobra lo suficiente para vivir con dignidad de su trabajo). Y esa transición, el paso de comprar a hacer yo, se tradujo al principio en costura compulsiva para mantener el ritmo de mis adquisiciones pretéritas. Lo cual fue un error garrafal, porque mis adquisiciones no se basaban tanto en necesidades reales como en la actitud dócil de buena consumidora que había asumido sin rechistar. Y claro, pretender coser a un ritmo industrial es matador, no es realista y le quita mucha gracia al momento antiestrés. Ni voy a vender lo que hago, ni quiero tener un vestidor de tres plantas para poder meter dentro todo lo que cosa.
  4. Mayor satisfacción de uso. La consecuencia primordial de todo esto es que tengo menos ropa en mi armario, pero la uso con mayor frecuencia y placer. Eso me ahorra muchos dolores de cabeza en la labor combinatoria, lo cual agradezco porque me levanto temprano y no dispongo de mucho tiempo para arreglarme. Y mi humor fashion cuando aún no ha amanecido brilla por su ausencia. Así me resulta mucho más fácil no sólo coser sino también disfrutar del resultado. Como ejemplo, considero que mis costuras de 2.014 han sido de las más satisfactorias y queridas hasta ahora, aunque no las haya mostrado aquí: tres vestidos y un pichi de invierno, dos pantalones (uno de invierno y uno de entretiempo), dos faldas de verano, tres blusas de verano, una rebeca o dos camisetas de invierno que han estado en rotación constante cuando la meteorología lo ha permitido.
Y ahora sí, feliz 2.015. Que sea un año lleno de salud, costura y proyectos.