miércoles, 6 de noviembre de 2013

Darling pretty dress




A finales de septiembre cosí mi primer vestido. Sí, ya sé que suena increíble: tres años cosiendo en serio y nunca me había cosido un vestido para mí. Debo decir que en mi guardarropa los vestidos no abundan, más por las excusas que me pongo a mí misma para no usarlos que por motivos reales. Así que, queridas lectoras usuarias de vestidos, pónganse cómodas, cojan el bol de palomitas y dispóngase a soltar algunas carcajadas, tienen mi permiso. Con sesión de psicoanálisis casero de regalo.
En mi retorcida cabecita pululaban ideas como que es difícil combinarlos (¿hein?! ¡si no hay dos partes que combinar!), que no son cómodos de llevar porque limitan mucho la libertad de movimientos (WTF!!), que no me gusta verme en ellos porque no me hacen una silueta bonita (¿pero qué dices? ¡¡¡con ese cuerpo!!!), que representan una forma de vestir anticuada o cursi (OMG!!!!)... Ya ven, excusas, excusas, excusas, cientos de ellas y de todo pelaje, a cual más peregrina. Lo que me pasaba, en realidad, es que no tenía costumbre de usarlos ni de verlos usar. En mi familia la única que llevaba vestidos con frecuencia era mi abuela, ya que mi madre los usa como algo extraordinario. Aunque el trasfondo de todo ésto, la causa de mi eterno coflicto con las manifestaciones exteriores de mi naturaleza femenina, es un miedo que ha condicionado mi imagen desde siempre: me da pavor que se fijen "sólo en mi aspecto", sin tener en cuenta "quién soy" (léase, mi coco, mi trabajo, mi personalidad, etcétera). Sí señoras, tengo miedo de ser una mujer. De arreglarme, de querer estar guapa, de recibir piropos, de mostrar mi propia y especial belleza, esa que todas tenemos, de recibir como consecuencia la tan manida etiqueta de señora frívola y superficial. Menudo problema, a estas alturas del baile, si este cuerpo y esta vida no son retornables.
Lo gracioso de todo ésto es que de pequeña llevaba alegremente faldas y vestidos. No me resultaban incómodos, no me desagradaba recibir cumplidos relativos a mi aspecto y podía hacer una vida de niña normal sin problemas (saltar, correr, llenarme de tierra...). Pero en algún punto indeterminado de mi adolescencia, cuando me tocó establecer relaciones diplomáticas con mi cuerpo y mi aspecto, algo se cortocircuitó. Dejó de gustarme ser una chica, y por tanto, los vestidos fueron expulsados sin piedad de mi armario. Se quedó alguna falda, algún vestido aislado de cara a mantener las apariencias, pero en general en las limpiezas de armario eran los primeros en salir.
Así que tuve que vencer muchos de mis propios prejuicios e ideas preconcebidas para acercarme a una prenda de vestir que no me resultaba familiar y que chocaba con mi habitual y comodísimo pensamiento automático a la hora de elegir la ropa cada mañana. Tras más de veinte años vistiendo un "uniforme" de vaqueros y camiseta a diario, ya iba tocando cambiar, evolucionar, cuadrar mi imagen con quien soy ahora. Este verano hice una limpieza profunda de mi armario. Me obligué a quedarme sólo con lo que me sienta bien y está en buenas condiciones de uso, dejando espacio libre para nuevas prendas, esta vez cosidas por mí. Y en este punto de la historia es donde encaja el haber elegido un vestido de estilo camisero, poco complicado de llevar y combinar.

El año pasado, me autoregalé por mi cumpleaños el patrón del vestido Darling ranges de Megan Nielsen. Me parecía bonito en las fotos del lookbook y pensé que sería buena idea probar con un vestido que tiene un cuello bastante sencillo de resolver. Pero no contaba con que esta diseñadora, a la hora de elaborar sus propuestas piensa en mujeres de copa C, más que en mujeres como servidora, que usan copa A. Así que aquí el reto personal fue doble: apender a hacer un ajuste para busto pequeño (SBA, por sus siglas en inglés) y aprender a llevar un vestido en el día a día (no sólo para salir un par de veces al año, como era mi costumbre). Por eso pospuse tanto este proyecto. Tenía la tela perfecta, todo lo necesario, pero no me atrevía. Me paralizaba el miedo a lo desconocido. ¿Y cuando refresque?, ¿podré usarlo en invierno?, ¿qué zapatos me pongo con él?, ¿no se me pegarán los leotardos o las medias?, ¿será cómodo para trabajar?, ¿me sentiré estéticamente identificada con una prenda que asociaba peyorativamente a épocas pasadas y a esquemas femeninos que no me gustaban?
Como ven, mis discusiones interiores no tenían desperdicio. Soy historiadora del arte y por propia formación sé que el adorno femenino y ciertas prendas de vestir son propias de la mujer desde que el mundo es mundo en casi cualquier cultura del planeta. Y sé que aunque viva en una sociedad patriarcal donde a las mujeres no se nos ponen fáciles las cosas justamente por el hecho de serlo, como individuo no me siento coartada por la voluntad estética de hombre alguno ni de corporación alguna. Pero ni por esas. Hasta que algo en mí hizo clic. El diablillo que a veces se sienta sobre mi hombro volvió al ataque y me dio en toda la línea de flotación. Me susurró algo a lo que no pude resistirme: "si dices que no te sientes identificada con tu actual forma de vestir, ¿porqué no dejas de quejarte y pruebas algo nuevo?, ¿porqué no sales de tu cómoda pereza mañanera y dedicas unos minutos a pensar en serio qué te vas a poner?". Me retó, y aquí está el resultado:






En la espalda tiene dos cintas para ceñir el vestido


  • Patrón: Darling ranges de Megan Nielsen. Versión única. En la web de la diseñadora hay multitud de tutoriales para hacerle diferentes cuellos o mangas, cambiar las pinzas de sitio o añadírselas en la espalda, con lo que su potencial versionable es grande. Y tiene bolsillos, lo que lo hace aún más interesante para mí.
  • Talla: XS.
  • Modificaciones: ajuste para busto pequeño y eliminación del elástico de las mangas.
  • Tejido: Jewel mobile con fondo chocolate de Alexander Henry. Lo compré en 2.010 en la liquidación de Mimeme. Usé dos yardas y cuarto (sobre los dos metros de tejido).
  • Otros materiales: 12 botones de vidrio de comienzos del siglo XX, del stash de mi abuela. Proceden de una tía suya, que se dedicaba a coser botones en cartones para una fábrica local francesa, un empleo doméstico muy típico de las primeras décadas del siglo pasado.
  • Tiempo de realización: unas 12 horas, contando en el proceso la elaboración de dos pruebas para comprobar el cuerpo, que es lo que tuve que modificar. Lo que más lata dio, con diferencia, fue hacer los ojales (a máquina) y coser los botones. Aparte de eso no es un proyecto que presente grandes dificultades técnicas.
  • Coste total: 36,5€; patrón 14€ -sin envío-, tejido 20€, otros materiales (bies, hilo 2,5€).




El bies coral que usé para el cuello cuadra justo con la tela 
(¡juro que es casualidad!, con lo que me gusta el retaleo asimétrico)





Aquí se ven mejor los botones de vidrio;
el de más arriba es ligeramente más pequeño que los demás.
También se ve mejor el dibujo de la tela.



Quizás la única pega subjetiva que soy capaz de ponerle a este vestido es el escote. Es muuuy pronunciado para alguien que suele preferir los escotes redondos y más bien altos. Supongo que es una consecuencia lógica de mi configuración pectoral; no me gusta lucir esternón, qué voy a hacer. Pero superadas mis reservas al hecho en sí de llevar un vestido, las de acostumbrarme a un escote que no es el que suelo llevar y tras capear con éxito la combinatoria mañanera... debo decir que estoy encantada de haber hecho la prueba. Estoy muy contenta de haber desmontado mis propios prejuicios y de haber accedido de nuevo al mundo de los vestidos.


Y como despedida, una canción de mi adorado Mark Knopfler que me viene como anillo al dedo para bautizar mi vestido, porque es como una metáfora de lo que ha representado en mi armario y en mi vida.



"Cast away the chains, Darling Pretty, cast away the chains away behind (...) There will come a day, Darling Pretty, there will come a day when hearts can fly".

No hay nada que libere más la mente que romper las propias cadenas con que la hemos atado. Me parece mentira que una simple prenda de vestir me haya devuelto algo que tuve pocos años: ligereza de corazón para elegir vestimenta, ganas de jugar, de experimentar, de verme guapa. De ser una chica.

4 comentarios:

  1. Veo que ha desaparecido mi comentario de esta mañana. Pues te decía que así, en un pronto, tuve que reprimirme al contestarte, porque me salía la vena "materna" y madre ya tenemos bastante con la propia. Pero superado el primer momento, te decía que puedo reconocerme en tu historia con la vestimenta. Pero tranquila, al final es una cuestión de tiempo: ya sabes, se trata de conocerse, aceptarse y quererse, y eso siempre es un proceso.
    Y por último, te digo que el vestido es precioso: hechura y estampado, que en lo que veo está muy bien cosido, y que además te queda a las mil maravillas.
    Y que me encanta tu sonrisa de la cuarta foto, ea¡. Un besito

    ResponderEliminar
  2. Qué raro lo del comentario, ¿seguro que lo viste publicado? (el único que he visto ha sido éste). En fin, misterios mensajiles aparte, gracias por los cumplidos al vestido y la sonrisa de la portadora. A veces cuesta resultar natural cuando el que te saca la foto es el disparador automático de la cámara. Te agradezco el ojo atento a mi proceso indumentario personal que, cómo no, es reflejo de todos los demás procesos vitales. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Bien venida al mundo de los vestidos, no podridas haber comenzado con un patrón y una tela más acertada, si has tardado en decidirte, no importa, que levante la mano quien no esté llena de puñetas, lo bueno de la costura es que aprendemos a conocer nuestro cuerpo, a quererlo y a ponerlo más bonito si cabe.
    Por cierto, me quedo por aquí.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Totalmente cierto, Mari Cruz. Yo creo que una de las cosas más importantes que nos permite la costura a muchas es, al fin, vestir como una quiere con ropa que le quede bien. Un lujito, visto lo visto. Nos seguimos leyendo, un abrazo...

      Eliminar