viernes, 25 de octubre de 2013

El patito feo, compañero de noches frías


En este post voy a hablar de clonación. Aunque antes de que cunda el pánico en usted, querido lector, debo aclarar que en este caso lo clonado es un objeto inanimado. Ya puede respirar tranquilo, ningún animal ha sufrido en el proceso.
Verán, lo malo de tener dos hijas es que de la mayoría de cosas importantes son necesarias dos unidades. Y en el caso del patito calentador de barriguitas doloridas o pies helados, es de esos artículos imprescindibles, sobre todo en estaciones frías. Un catarro, un dolor de tripa inespecífico, unos piececitos destemplados, son contagiosos. Si la hermana mayor pide el patito calentador, la pequeña hará lo propio, como es natural. Y tener uno sólo, pues no es inteligente ni previsor, además de originar conflictos territoriales.

Para quien no sepa lo que es un patito calentador, aquí va una pequeña explicación. Cuando servidora era niña, existían las bolsas de agua caliente, generalmente de caucho, con una fundita exterior de franela. Aún están disponibles en el comercio, pero de unos años a esta parte se ha puesto de moda el calor seco, sobre todo para usarlo con bebés y niños. Se trata de una bolsita con funda, en la que se dispone un material de relleno que conserva el calor, evitándose así las posibles fugas de agua, que eran el principal inconveniente de las citadas bolsas cuando tenían cierta antigüedad. La bolsita interior se saca para calentarla cuando es necesario y la exterior se lava cuando hace falta. En este caso, como mi perspicaz lector habrá supuesto, la bolsa de calor seco de mi casa tiene forma de pato. No es un pato especialmente reconocible, ni mono siquiera. Una simple silueta, más bien poco agraciada. Un pato feo.

Cuando mi hija mayor era pequeñita, compré uno, el de la derecha de la foto, en la extinta tienda Ecopeque. Era de la marca alemana Prolana, de gran calidad. Tanto la funda exterior como la interior son de algodón orgánico y el relleno son pepitas de cereza. El de la izquierda es mi clon, que salió ligeramente más grande.




Para elaborar este proyecto reutilicé tejido, tanto en el exterior como en el interior. El borreguillo de algodón orgánico del exterior procede de una funda de grupo 0 de la marca alemana Lotties. Ya no usábamos el grupo 0 con la peque, así que decidí destinar el tejido de la funda extra a mejores propósitos. La tela naranja de mi pato es una antigua camiseta de mis hijas, que resultó ser perfecta para este proyectito. La tela de la bolsita interior procede de una sábana destinada al desguace, de esas que por formato ya no cuadran con las camas modernas, pero que sirven de maravilla para faldas de indiana, fantasmas de Halloween escolares y usos similares.
El patrón es feo con ganas (se nota a la legua que fue trazado a mano alzada), pero funcional:



La pequeña pieza que se ve encima de la grande son las patas del pato. Hay que cortar dos en borreguillo y dos en el tejido contrastante. De la grande, también dos en tejido de borreguillo, dejando una de las dos piezas con una solapa adicional de 8 centímetros, que se doblará sobre sí misma hacia el interior, creando un bolsillo que evitará que la bolsa interior se escurra fuera. Como si estuviéramos haciendo una funda de cojín, vaya. Lamentablemente, de la bolsita interior no conservo patrón, aunque el principio es el mismo, calcar la silueta dejando un margen de costura todo alrededor, y coser las dos piezas juntas, dejando la parte baja abierta para introducir el relleno. Nótese que la forma cuadra con la exterior, sólo que un poco más fina, para poder caber dentro sin problemas. En este caso disponía de pepitas de cereza que había comprado para un proyecto similar, y usé tela de sábana, con lo que pepitas aparte, fue un proyecto de reutilización textil total. Por cierto, este fue el primer proyecto en el que usé la remalladora, allá por febrero de 2.012. No tuve que tocar la máquina de coser más que para la bolsita interior. Por cierto, la costura de cierre de la parte baja la hice con el pie de poner cremalleras, porque estaba muy llena. Aquí, la susodicha:




Y aquí una bonita vista de la funda, con el bolsillito interior asomando picarón. 




El éxito del patito fue tal que con los sobrantes fabriqué otro más, que ahora vive en casa de la abuela de mis hijas, mi señora madre. Y como este blog sin mis inspiraciones no es nada, aquí os dejo el corto Disney que piden mis hijas en las tardes frías (obviamente, con los patitos calentadores a mano). Y sí, el mío es tan feo como el del corto, no tendría gracia usarlo si fuera un cisne, ¿no les parece?




4 comentarios:

  1. Hmm, que bien me vendria ahora mismo un pato calentoso.... Me lo apunto a la lista interminable de cosas por hacer...
    Me encanta tu blog, Lu. Lo que haces,cómo lo haces,porqué lo haces y cómo escribes.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, gracias, pececito, has logrado ponerme colorada. A talento tú no te quedas atrás tampoco, tus camisetas decoradas son geniales. Un abrazo fuerte...

      Eliminar