miércoles, 30 de octubre de 2013

Manzanitas verdes (y una declaración de amor)


Qué bien sientan esos proyectos que salen bien a la primera. En los que una sólo elige la tela, la corta, sigue las instrucciones y termina en un plazo razonable de tiempo una bonita prenda nueva. Hacen que una se enamore aún más de la magia de la costura, ¿no creen? Y sí, lo confieso, me he enamorado de un patrón y de una tela que hacen muy buena pareja.












El proyecto de hoy es una blusa sencilla. No tiene cierres, es de un corte ligeramente suelto, con costura central en la espalda y unas mangas justo por encima del codo que la hacen apta para los entretiempos, esa cosa meteorológica extraña que tenemos cada vez más a menudo y cada vez más fuera de época. Pero que no cunda el pánico, no voy a empezar ahora a quejarme de la meteorología. Al lío:

  • Patrón: Laurel (Colette Patterns), versión 4.
  • Talla: 0 (sin modificaciones).
  • Tejido: pana 100% algodón con estampado de manzanas verdes . No recuerdo el diseñador, ya que hice la compra allá por el 2.008 en la extinta tienda Mimeme. Milagrosamente, usé una única y triste yarda en total (sobre los 90cm).
  • Otros materiales: bies para rematar el cuello y las mangas. Usé retales, uno de flores para el cuello y dos de colores diferentes (verde manzana y crema) para las mangas.
  • Tiempo total de realización: desde el calcado del patrón a la terminación, unas 8-9 horas. Aunque aviso de que el cálculo lo hago a ojo, soy madre y mis sesiones de costura son intermitentes.
  • Notas importantes: este patrón prevé la terminación del cuello y las mangas con bies, pero recomienda que la costura de cierre se haga a mano. Si no gusta de coser a mano, avisada está querida lectora. Más abajo hay fotos de detalle de cómo queda la citada costura manual.
  • Coste total: 11€ (tejido), 1€ (hilo y retales de bies), 23€ (patrón y gastos de envío)
El patrón Laurel es un vestido de aire sesentero, un shift o vestido recto susceptible de ser modificado y embellecido de muchas maneras. De hecho, está disponible en la web de Colette Patterns un libro en PDF gratuito con un montón de ideas llamado Laurel extras. Y dicho sea de paso, las ideas del libro son extrapolables a cualquier proyecto del mismo estilo.
Como se supone que estamos en otoño, opté por un trozo de pana que tenía en mi arsenal. Necesito partes de arriba calentitas para los fríos que llegarán y tras un rato de jugar al tetris con las piezas del patrón, logré encajarlo todo al hilo. Este es mi segundo proyecto con pana y debo decir que es el primero que sale bien, ehem. Algún día hablaré de la gloriosa pifia costuril que se alcanza cuando una no tiene en cuenta la dirección del pelo en la pana.
No hice ninguna modificación y la única que contemplo hacer para la siguiente vez es tocar un poco la manga para hacerla más ancha. Está muy justa para mi gusto y la noto demasiado cuando me pongo una rebeca por encima, y miren que mis brazos no son precisamente regordetes. La prueba de fuego, llevarlo a mi jornada de trabajo en la oficina, fue superada con éxito. La pana apenas se arruga para lo fina y suave que es.
Cuando cosía a mano los bies de las mangas y el cuello me acordé de una canción titulada justamente como las manzanitas de mi blusa, Little green apples. Hay una versión de Sinatra, pero no me gusta cómo la canta Frank (si bien escucho con gusto otras joyitas de su repertorio), así que la versión que os pongo aquí es la de un cantante country llamado Roger Miller. Para quien no lo conozca, el señor Miller fue un hacha del "Nashville sound" y autor de la conocidísima King of the road. Me gusta especialmente esta canción porque habla de esos amores callados y en apariencia poco románticos, en los que los gestos dicen más que las palabras. Quizás esta canción me dice tanto porque yo misma soy un poco así, más bien callada, más de apretar una mano que de andar soltando "te quieros" indiscriminadamente. 




Volviendo a mis otras manzanitas, las dos últimas fotos son de detalle: las tripas de la blusa y el detalle del bies del cuello. Debo reconocer que tenía mis reservas sobre coser a mano tanto bies y que llegué a acariciar la idea de cerrarlo a máquina, pero con la pana el resultado es fantástico. En el derecho no se ve absolutamente nada y me encanta que no sea perceptible ni una sola puntada. Valió la pena. El patrón me ha gustado tanto que repetiré con la blusa, aunque ya lo tengo calcado en formato vestido, sólo me falta elegir un tejido adecuado.


Aquí un detalle del interior, con los retales de bies desparejados.


Y aquí un detalle del remate a mano del bies del cuello

Y esto es todo por hoy. El viernes es festivo y se avecina un largo fin de semana repleto de cosas que hacer, pero también de ratos de costura. ¡A por ello!

viernes, 25 de octubre de 2013

El patito feo, compañero de noches frías


En este post voy a hablar de clonación. Aunque antes de que cunda el pánico en usted, querido lector, debo aclarar que en este caso lo clonado es un objeto inanimado. Ya puede respirar tranquilo, ningún animal ha sufrido en el proceso.
Verán, lo malo de tener dos hijas es que de la mayoría de cosas importantes son necesarias dos unidades. Y en el caso del patito calentador de barriguitas doloridas o pies helados, es de esos artículos imprescindibles, sobre todo en estaciones frías. Un catarro, un dolor de tripa inespecífico, unos piececitos destemplados, son contagiosos. Si la hermana mayor pide el patito calentador, la pequeña hará lo propio, como es natural. Y tener uno sólo, pues no es inteligente ni previsor, además de originar conflictos territoriales.

Para quien no sepa lo que es un patito calentador, aquí va una pequeña explicación. Cuando servidora era niña, existían las bolsas de agua caliente, generalmente de caucho, con una fundita exterior de franela. Aún están disponibles en el comercio, pero de unos años a esta parte se ha puesto de moda el calor seco, sobre todo para usarlo con bebés y niños. Se trata de una bolsita con funda, en la que se dispone un material de relleno que conserva el calor, evitándose así las posibles fugas de agua, que eran el principal inconveniente de las citadas bolsas cuando tenían cierta antigüedad. La bolsita interior se saca para calentarla cuando es necesario y la exterior se lava cuando hace falta. En este caso, como mi perspicaz lector habrá supuesto, la bolsa de calor seco de mi casa tiene forma de pato. No es un pato especialmente reconocible, ni mono siquiera. Una simple silueta, más bien poco agraciada. Un pato feo.

Cuando mi hija mayor era pequeñita, compré uno, el de la derecha de la foto, en la extinta tienda Ecopeque. Era de la marca alemana Prolana, de gran calidad. Tanto la funda exterior como la interior son de algodón orgánico y el relleno son pepitas de cereza. El de la izquierda es mi clon, que salió ligeramente más grande.




Para elaborar este proyecto reutilicé tejido, tanto en el exterior como en el interior. El borreguillo de algodón orgánico del exterior procede de una funda de grupo 0 de la marca alemana Lotties. Ya no usábamos el grupo 0 con la peque, así que decidí destinar el tejido de la funda extra a mejores propósitos. La tela naranja de mi pato es una antigua camiseta de mis hijas, que resultó ser perfecta para este proyectito. La tela de la bolsita interior procede de una sábana destinada al desguace, de esas que por formato ya no cuadran con las camas modernas, pero que sirven de maravilla para faldas de indiana, fantasmas de Halloween escolares y usos similares.
El patrón es feo con ganas (se nota a la legua que fue trazado a mano alzada), pero funcional:



La pequeña pieza que se ve encima de la grande son las patas del pato. Hay que cortar dos en borreguillo y dos en el tejido contrastante. De la grande, también dos en tejido de borreguillo, dejando una de las dos piezas con una solapa adicional de 8 centímetros, que se doblará sobre sí misma hacia el interior, creando un bolsillo que evitará que la bolsa interior se escurra fuera. Como si estuviéramos haciendo una funda de cojín, vaya. Lamentablemente, de la bolsita interior no conservo patrón, aunque el principio es el mismo, calcar la silueta dejando un margen de costura todo alrededor, y coser las dos piezas juntas, dejando la parte baja abierta para introducir el relleno. Nótese que la forma cuadra con la exterior, sólo que un poco más fina, para poder caber dentro sin problemas. En este caso disponía de pepitas de cereza que había comprado para un proyecto similar, y usé tela de sábana, con lo que pepitas aparte, fue un proyecto de reutilización textil total. Por cierto, este fue el primer proyecto en el que usé la remalladora, allá por febrero de 2.012. No tuve que tocar la máquina de coser más que para la bolsita interior. Por cierto, la costura de cierre de la parte baja la hice con el pie de poner cremalleras, porque estaba muy llena. Aquí, la susodicha:




Y aquí una bonita vista de la funda, con el bolsillito interior asomando picarón. 




El éxito del patito fue tal que con los sobrantes fabriqué otro más, que ahora vive en casa de la abuela de mis hijas, mi señora madre. Y como este blog sin mis inspiraciones no es nada, aquí os dejo el corto Disney que piden mis hijas en las tardes frías (obviamente, con los patitos calentadores a mano). Y sí, el mío es tan feo como el del corto, no tendría gracia usarlo si fuera un cisne, ¿no les parece?




martes, 22 de octubre de 2013

La noche del cazador (camiseta para una chica mala)

Permítanme presentarme. Me llamo Luisa y me gustan los placeres de la vida. Los libros, el cine y la música. Además, la costura me da vida. Es lo que me hace sentir funambulista y asombrarme de las cosas que puedo llegar a lograr. 

Hoy toca hablar de cine y de películas que dejan huella. Que se quedan rondando en la memoria muchos años después de su visionado y que, en algún momento y de alguna secreta manera, acabarán saliendo a la superficie. A los 16 tuve la ocasión de ver La noche del cazador (1.955), una espléndida película dirigida por el actor inglés Charles Laughton y protagonizada por el inmenso Robert Mitchum. Quien haya visto esta película o El cabo del miedo (la primera versión, la de 1.962) sabe de lo que hablo. En dicha película el protagonista, un reverendo de dudosa moral y peores intenciones, luce en los nudillos las palabras LOVE y HATE tatuadas. Para quien no conozca la película, a continuación os dejo una bonita escena en la que Harry Powell habla sobre ellos:






Como lo mío es un caso de cinefilia grave combinada con metaforitis aguda, me pareció que ese tatuaje merecía entrar en mi vida. No me interpreten mal, una servidora carece por completo de masoquismo y no tiene la más mínima intención de dejar que le claven agujas bajo la piel, pero... algo había que hacer. Sobre todo cuando una piensa que el amor y el odio van de la mano en el subconsciente humano y que son emociones sujetas a toda clase de consideraciones morales.

La vieja idea regresó cuando estaba terminando una camiseta de manga corta. Usé el patrón Blank canvas tee que StephC ofrece en su web personal para descarga gratuita. Manga kimono, lo cual quiere decir que no hay que insertar mangas, sólo 4 costuras y los vueltos, y voilá, camiseta nueva. Un proyecto fácil y rápido con el que obtener una de las prendas básicas de cualquier guardarropa. "Instant gratification", que dicen las anglosajonas. Aquí visto de espaldas y de frente. Me gusta especialmente que es bastante bajo y no deja el ombligo al aire, cosa que a estas alturas de mi vida valoro mucho. Perdonen el moño cutre y la pose rara, son cosas de sacarse las fotos una misma. Necesito práctica.









Usé un retal de jersey de lana merino en tono burdeos. Procede de una mantita doble cara que pillé de saldo en Bebés Naturales, que tenía un enganchón en un lateral del lado del merino. Como manta ya no era estéticamente perfecta, pero la tela es sin duda de gran calidad y estupendamente reutilizable. No pude sacarme fotos de más cerca, pero la tela no fue cortada al hilo, cae ligeramente en diagonal, lo que debido a su elasticidad no se nota. La pieza dio para una camiseta de la talla 30 (el tallaje de StephC es anglosajón (medidas imperiales), en pulgadas, tomando como referencia el contorno de pecho). Las mangas las terminé con una pequeña banda, que es un acabado que me encanta, y dejé el cuello sin rematar porque creo que le va muy bien al look de camiseta tatuada dejar algún detalle de apariencia descuidada. El bajo lo rematé con un vuelto sencillo, con costura zigzag con hilo coordinado. Y el detalle "malote" fue el bordado. No deja de tener su gracia que el punto de cadeneta, que era uno de las primeros puntos de bordado que aprendíamos en la escuela las niñas de nuestra generación, tenga aquí una utilización menos modosita. El amor y el odio, en mi mejor caligrafía (interesa que se entienda lo que va escrito, por supuesto), en cada manga; el amor en la derecha y el odio en la izquierda, igual que en los nudillos de Harry Powell. Usé un hilo retors de algodón negro de mi abuela y lo bordé con punto de cadeneta. Costó porque el jersey de merino es muy suave y muy elástico y cuesta no arrugar la tela al tensar el hilo, que es bastante grueso porque va doble. Pero ha quedado muy bien, estoy contenta con el resultado. Aquí el detalle.








El tejido me encanta: el jersey de merino no pica, drapea genial y tiene un ligero brillo que da a una simple camiseta un tono ligeramente sofisticado que permite usarla en dos registros, más "vestida" o más "casual". Esta fue la primera camiseta que saqué de este patrón, pero no será la última porque se trata de un patrón muy versátil. Su autora ofrece en su web varios tutoriales para "hackearla" y convertirla en una prenda llena de reminiscencias de los años 40 o 50, ponerle mangas largas o darle un aire marinero usando tejidos elásticos, ya imprescindibles hoy en día.