martes, 3 de diciembre de 2013

The merry old land of Oz



¡Qué verde y alegre está todo el mundo!
Tendré que ponerme a tono...

La introducción musical de hoy sale de una película de 1.939, The wizard of Oz, que recomiendo ver enterita para quien desee darse un paseo por una obra que tuvo nada menos que 4 directores, de los mejores de su época, pero que no terminaban de cuajar con el ambicioso proyecto de ser la versión cinematográfica definitiva de una obra infantil que aún hoy sigue siendo de las más vendidas de la historia en EEUU. 
Y aquí tengo que hacer una confesión: sigo releyendo los libros que leí de pequeña. No puedo evitarlo, hay historias me fascinan aún hoy. Y además tengo excusa: leérselas a mis hijas; así he podido volver a ellas para disfrutar como lo hice hace mucho.
Cuando tenía diez años leí El mago de Oz, la historia que Lyman Frank Baum publicó allá por el 1.900. En concreto mi edición tiene los dibujos originales de la primera edición de W. W. Denslow, que le dan un encanto especial al libro. Una de las cosas que me fascinaban de la obra -por lo bien descritas- es la vestimenta de los habitantes de cada región del gran país de Oz: los mascones, que van de azul, los guiñones, de amarillo o la gente de la gran y maravillosa ciudad de Oz, de verde. Permitidme contaros que hoy vivo en la gran y maravillosa ciudad de Oz, por gentileza de Ikea. Me explico: ésta es la historia de una compra fallida, de una excursión a la tienda sueca que se saldó con una pifia. Y es que comprar un juego de sábanas cuando una no está segura de las dimensiones de la cama y tiene el día obtuso no es buena idea (adórnelo usted, amable lectora o lector, con un chasquido desaprobador de la lengua). Pero como la tela de la funda de edredón era tan estupenda decidí hacer algo con ella. Algo ponible, quiero decir, como ésto:








  • Patrón: Alma blouse de Sewaholic Patterns. Versión B (sin cinturón) con el cuello A.
  • Talla: 4
  • Modificaciones: ninguna.
  • Tejido: algodón 100% procedente de una funda de edredón nórdico de Ikea. Es para la cama de niños que viene con barrera, así que no he gastado mucha tela.
  • Tiempo de realización: unas 7 horas en total. Tardé una semana y media, a ratitos.
  • Coste total: 29,60€; patrón, 11,10€; tela, unos 15€ (perdí el ticket y he tenido que estimar mirando en la web de Ikea un juego de cama similar); otros materiales, 3,50€.

Ya he dicho en otras ocasiones que tengo debilidad por los cuadritos, así que esta blusa es una adición perfecta a mi guardarropa. La he llevado muchísimo desde finales de la primavera e incluso hasta principios de noviembre, sobre todo con pantalones, aunque con falda intuyo que debe quedar muy bien. Los patrones de Sewaholic, pensados para mujeres que tienen más cadera que pecho (o que tienen "forma de pera" como dice Tasia, su diseñadora), me quedan muy bien sin necesidad de hacerle ningún ajuste al patrón, con lo que sólo tengo que pensar qué tela quiero utilizar. Y ese vichy verde de algodón tan suavecito me estaba llamando. La blusa cierra con una cremallera invisible en el lateral, lo que le da un aspecto entallado, que a su vez la hace muy favorecedora. Para el próximo verano ya tengo una tela border print antigua en espera de la versión A y estoy pensando en una franela para la versión C de manga larga. Lo bueno de este patrón es que es perfecto para aprender a coser las pinzas con forma de rombo. Una se queda práctica después de coser 4 seguidas. Quizás lo más difícil es justamente la opción de cuello A, ya que el piquito obliga a prestar mucha atención en la costura de la vista en esa zona. Pero no es particularmente complicado de hacer y es muy favorecedor a pesar de no ser muy pronunciado. Como se puede ver, prescindí de la costura decorativa, pero más por puro cansancio que por motivos estéticos. 





La cremallera invisible




El detalle del cuello


Lo gracioso del asunto es que, hecha como estaba la blusa desde comienzos de mayo, no me acordé del paralelismo con el mago de Oz hasta estos días, en que se lo estoy leyendo a mi niña grande. Mi blusa viene siendo un mix entre el vestido de vichy azul de Dorotea y el color verde omnipresente de la Ciudad Esmeralda. Mi chica a sus siete años ya es lectora empedernida por su propia cuenta y riesgo, pero sigue disfrutando del mágico momento en que una voz amada le lee una historia. Un placer ancestral del que ningún humano debería dejar de disfrutar nunca. Sí, yo también disfruto cuando me leen, todavía lo hago. Cuando Celia se lanzó a leer ella sola y me leyó su cuento favorito por vez primera, recuperé una sensación que hacía muchos años que no sentía. Creo que es uno de los mejores regalos que me han hecho jamás. Así que con vuestro permiso, me vuelvo a Oz un rato más. Hasta la próxima...

martes, 26 de noviembre de 2013

Bloody Mary dress



Hay vestidos que además de prendas de vestir son una provocación a la propia imaginación, aparte de un reto a las habilidades que a veces se dan por sentadas. Por el patrón, por el tejido elegido, por el remolino mental que se desata al ir construyendo la prenda y descubrir sus dificultades propias. Este es uno de ellos. Y por si fuera poco, justo en el ecuador de la costura, el lunes pasado, tuve un percance con la plancha y me goteó agua ardiendo en el muslo, dejándome una bonita quemadura de recuerdo. No fue grave, al menos nada que mi maravilloso aloe no pueda curar, pero me fastidió el buen ánimo con que estaba llevando el trabajo. Al menos la próxima vez estaré pendiente de cerrar la salida de vapor cuando no la esté usando; es lo que tiene coser cuando una llega del trabajo, que el cerebro no está a lo que está.




Los patrones de Cake Patterns me encantan desde que descubriera el vestido Tiramisu hace casi un año. Soy una fan confesa porque me encanta el sistema que Stephanie utiliza para poder personalizar totalmente sus patrones con las medidas del destinatario. Es sencillamente genial. La colección Red Velvet salió a finales de septiembre y la estrella de la misma es el vestido que le da nombre. Está pensado para realizarse con género de punto, de fino a un grosor medio. Tiene un bolsillito pequeño en la cintura, dos posibilidades distintas de pliegues en la falda y un cuello de pétalos que se puede poner o no.



Yo hice mi Red velvet en el sewalong que termina mañana y debo decir que ha salido muchísimo mejor de lo que esperaba inicialmente por las dificultades que me puse a mí misma con la elección del tejido. Elegí un interlock de merino de grosor medio en tono rojo tomate que compré en Bebés Naturales (y del que sólo les queda lo que se ve en el enlace) que resultó ser un reto a mis habilidades. Más grueso de lo deseable para dar un resultado óptimo en la zona del pliegue de la falda, demasiado elástico y con extrema facilidad para perder la forma en la delicada zona del cuello, los hombros y el bajo de la falda. Sudé zumo de tomate para que quedara bien, descosí mucho, muchísimo, y tardé tanto en ello que no he podido hacer una segunda versión, como era mi intención inicial.


  • Patrón: Red velvet dress de Cake Patterns. 
  • Versión: pliegue de tijera en la falda, sin cuello y sin bolsillo. 
  • Talla: mi talla base es la 30 para el cuerpo, copa A. En la cintura escogí la 27,5. La pieza inferior del cuerpo (midriff) es una transición de la medida del bajo pecho a la de la cintura (30 arriba y 27,5 abajo).
  • Modificaciones: atención, este patrón va a implicar, sí o sí, modificar el cuerpo (delantero y trasero) porque son piezas que de por sí son excesivamente cortas. Yo añadí al mío 3,5cm, pero según el sujetador que utilice, la costura de bajo pecho se me sube un poco. Para poder usarlo con un sujetador con relleno debería haberle añadido 3 centímetros más. También encuentro que la falda, según las dimensiones que elegí, me queda un poco ancha. Como mi tejido tiene caída no es algo obvio y visible y no encontré necesario entrarle de las costuras laterales, cosa que se puede hacer con extrema facilidad durante la construcción del vestido.
  • Tejido: interlock de merino rojo, 2 metros. Suavísimo y cálido pero nada "colaborador".
  • Artículos de mercería: hilo, cinta de fliselina de doble cara para las mangas, cinta de fliselina (usé la de punto para estabilizar el cuello y la versión tejida para el bajo), fliselina tejida normal para la vista.
  • Duración: en el sewalong las sesiones de trabajo están pensadas para durar media hora diaria, lo que en mi caso no se cumplió en más de la mitad de las ocasiones. Mi tela me puso demasiado la zancadilla y solamente la costura de los hombros duró hora y media porque descosí tres veces cada una. El vuelto también lo tuve que descoser tres veces y terminé cosiéndolo a mano con una puntada invisible (invisible catchstitch) que resultó ser, con diferencia, la mejor elección posible. Así que de las cinco horas previstas inicialmente la cosa se me puso en unas 10, el doble de lo previsto. Me gustó especialmente que se incide en la importancia de la preparación del tejido antes de empezar a coser, en la estabilización de las costuras que más sufrirán con el uso (cuello y hombros y la zona donde irá el bolsillo, si se le pone).
  • Mis aspectos favoritos: el cuello, tan maravillosamente redondeado y perfecto. No se abre si te inclinas hacia delante y es muy estético, tanto si se planea usar un collar corto con él como si no se lleva nada. Se termina con una vista, lo que hace que el resultado sea visualmente limpio y muy estable. El pliegue de la falda es mi otra debilidad, se abre al caminar creando un movimiento precioso; adoro que la tela se mueva conmigo, es un detalle muy femenino.
  • Lo que no me gustó: que el bolsillo previsto en el patrón sea tan pequeñito. Yo que soy mujer de bolsillos sé que echaré de menos donde poner las manos. Aunque de todas formas la idea que subyace tras este vestido es que sea mi básico festivo de este año. Lo llevaré en Nochebuena y en Nochevieja, y en esas ocasiones no creo que necesite donde poner pañuelos o llaves. En mi siguiente versión habrá bolsillos, que haré siguiendo el tutorial de Melanie, una de las participantes en el sewalong que lo explica muy claramente en su entrada sobre el vestido.
  • Coste total: 52,41€; patrón 10,41€; tejido, 38€; otros materiales, 4€.
  • Mis dificultades particulares: fueron especialmente complicados de coser los hombros y el vuelto del bajo. En este tipo de tejido concreto, un interlock tan gruesecito y elástico, si uno de los lados del tejido está estabilizado y el otro no, hay problemas. La tela no se distribuye uniformemente, se hacen arrugas, la tela se tensa mal y queda peor aunque se use el pie prensatelas especial (mi walking foot de mis amores). Además de la fastidiosa tendencia que tiene a estirarse demasiado y perder la forma. No pude hacer a máquina el vuelto porque ni con la aguja doble ni con la simple quedaba bien. Descosí como una descosida, válgame la redundancia, y acabé haciéndolo a mano, que es como realmente quedó bien. Apliqué el tratamiento reforzado del bajo que Stephanie indica en su web y que hace que el vuelto tenga más cuerpo del que tendría de por sí, permitiendo que el pliegue destaque y el bajo resista con mejor cara los lavados.


La modificación de la parte superior del cuerpo



Del revés se aprecia cómo queda el pliegue central.
El pliegue cuadrado es el inverso del pliegue de tijera y
según se quiera uno u otro la tela debe marcarse del derecho o del revés.



Estoy especialmente orgullosa de las costuras laterales,
que quedaron perfectamente alineadas.





Haciendo el topstitch del cuello.



Cosiendo a mano el vuelto. 
La cinta de fliselina es la que da cuerpo al bajo de la falda.





Creo que ahora, después de todo este trabajo y viendo el bonito resultado, puedo descansar y tomarme un merecido Bloody Mary en honor al vestido que logró hacerme sudar zumo de tomate. Removido, no agitado, por favor.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Otoño a cuadros




No hay nada que me haga evocar mejor la sensación de estar en otoño que los tejidos de cuadros. Cuando era pequeña, ver en el armario las faldas escocesas de tartán rojo o verde y los leotardos a juego eran señal inequívoca de que las temperaturas habían bajado. Mucho después, me sigue gustando usar tejido de cuadros a lo largo de todo el año, vichy para el calor o tartán para el frío.




En mi última incursión en mi tienda local de tejidos descubrí una villela de cuadros de tacto suave, inarrugable y fantásticos cuadros en azul, verde y amarillo sobre fondo rojo que me enamoró. Automáticamente le asocié un patrón que se ha convertido en mi favorito del otoño, el Laurel de Colette Patterns. Ya van dos blusas (una aún no blogueada) y un vestido. Y algo me dice que vendrán más, en vista de la positiva reacción de mi público doméstico.

  • Patrón: Laurel de Colette Patterns. Versión 1. 
  • Talla 0.
  • Modificaciones: en vista de que las mangas de mi primera versión quedaron un poco justas para mi gusto, le aumenté dos centímetros al ancho del patrón de la manga.
  • Tejido: villela de cuadros rojos (mezcla de fibras artificiales) y chambray de algodón azul oscuro de trama negra para las mangas. La única pega de esta villela es que se deshilacha con sólo mirarla y deja un rastro de trocitos al mínimo movimiento. Por lo demás, es un tejido cálido sin resultar pesado, muy suave. 
  • Precio: 19,16€; patrón (ya lo estoy contabilizando como amortización, ya que es la tercera vez que lo uso) 7.66 €, tejido 8,50€, otros gastos (bies, cremallera, hilo) 3€.


¿A que parezco venida del pasado?

De este patrón me gusta todo. Desde lo sencillo que es de realizar (quien esté buscando un primer vestido que hacer, puede lanzarse con éste sin problemas), hasta que admite variaciones hasta el infinito y más allá. Cualquier posibilidad puede llevarse a cabo: un encaje festivo (hay versión forrada), una seda de aire vintage para un vestido que la haga sentir a una espectacular, un vestido estilo Mondrian haciendo eso tan "moderno" del colorblocking, uno lleno de bordados y apliques haciendo cenefas en el bajo... Además, como no tiene demasiadas piezas que ensamblar, se pueden usar esos tejidos tan chulos de dibujos enormes que sería un dolor de cabeza casar en otro patrón más detallado.

La espalda cuadra, nunca mejor dicho

En este caso decidí hacer las mangas de otro tejido, ya que con el metro de villela que compré no me daba para hacer las mangas. Así que tiré de existencias domésticas y usé un trocito de chambray que guardaba para otra cosa. Con el mismo chambray hice un cinturón de anudar que no he sacado en las fotos porque no me convence como queda. Juro que en mi mente el resultado era divino, pero en la vida real me hace subir el vestido un poco demasiado para mi gusto y hace unas arrugas poco favorecedoras a la altura de la cintura, así que no llegué a sacarlo a la calle. Todavía. Ya vendrá algún proyecto al que le siente bien el cinturoncito.
Como en la blusa de las manzanitas verdes, las mangas y el cuello están rematados con bies. Vichy rojo, en este caso, rematado a mano como pide el patrón. Y el bajo del vestido, que en el patrón se sugiere se haga a mano, a diferencia del vuelto de versión blusa, lleva bies ancho de vichy amarillo. Lo hice tal cual decían las instrucciones porque no quería restarle demasiado largo a la falda, ya que me siento más cómoda con largos por la rodilla.



La prueba de la vida real funcionó perfectamente, es maravillosamente cómodo en el trayecto andando al cole de mis hijas, en mi mañana de oficina (donde lo que menos hago es estar sentada) y hasta para estar en casa si no tengo que faenar demasiado. Un acierto, así que ya ha entrado oficialmente en la rotación de prendas oficinables, a pesar del comentario de una compañera, que me preguntó si me había golpeado la cabeza por llevar un vestido (??!!***, ole con la delicadeza de algunas para interesarse por los cambios de imagen ajenos). En otro orden de cosas pido mil perdones por las fotos, que no son lo mejor del mundo. Tuve que hacerlas en dos veces, de ahí el error de raccord de mis leotardos cambiantes. Y la luz no pudo ser peor, un día muy nublado y otro con un sol inclemente que me han obligado a retocarlas, con resultado igualmente desigual. Espero (válgame el chiste fácil) no haberos dejado a cuadros. Hasta el próximo vestido...

sábado, 16 de noviembre de 2013

Blue mountain espresso



La entrada de hoy será breve e indolora, prometido. Ando liada en un sewalong del vestido Red Velvet de Sewing Cake que espero poder enseñar el fin de semana que viene, pero mientras tanto os enseño una cosita que nunca soñé que me cosería. Unas mallas. Sí, mallas (o leggings, en inglés), esa especie de pantalones que se pegan como una segunda piel, que lo mismo se pueden usar para hacer ejercicio como para vaguear en casa. Quienes fuimos jovencitas a finales de los ochenta recordamos aquellas mallas fluorescentes tan discretas que se pusieron de moda entonces. Yo tuve unas, lo confieso, y quizás por eso me resistí tantísimo tiempo a volver a llevarlas.
Anteriormente las he cosido a pares para mis niñas usando el tutorial de Make it and Love it, pero nunca se me había ocurrido que para que unas de adulto quedaran bien, era necesario un patrón algo más ingenioso que se pudiera adaptar con éxito a las preferencias y configuración corporal de la clienta. 


  • Patrón: Espresso de Cake Patterns. Existe también en papel, aunque yo compré el PDF en la preventa de la coleccion Red Velvet a finales de septiembre. 
  • Tejido: algodón lycra de elasticidad en 4 direcciones. Comprado hace 8 años para hacer un portabebé, pero nunca utilizado por mi antigua falta de pericia con los tejidos elásticos, que me hizo olvidarlo en un cajón. 
  • Tiempo de realización: con el patrón estuve una hora, y cosiendo las mallas otra hora. Es un proyecto "de una tarde", fácil y rápido.
  • Coste total: 18€; patrón, 5€, tela, 10€, elástico de cinturilla, hilo, otros gastos, 3€.
Como habéis visto no indico qué talla es la mía, porque con estos patrones la personalización es absoluta y basada en las medidas de cada cual. Así que no hay tallas de partida. Los patrones se parecen a uno de esos dibujos de unir los puntos, en los que no sabes muy bien qué saldrá hasta que casi has acabado. Pues eso, sólo al final es cuando se ve la forma del patrón, que hay que calcar dos veces. Lo que más me llamó la atención es que en el proceso de toma de medidas, hay algunas que se toman con elástico y otras simplemente con la cinta métrica. Afortunadamente, en la web de Sewing Cake hay ayuda de sobra en la página del patrón. Y ojo, con este patrón es controlable todo, y digo todo: la altura a la que queremos que quede la cinturilla o el largo de la pernera serán exactamente los que queramos. Se acabaron las frustrantes compras de mallas que quedan demasiado largas de pernera y a la vez demasiado ajustadas de cintura. Al fin. Creo que mi suspiro de alivio cuando me las probé se oyó hasta en la Patagonia. 

Marqué con rotulador de colores los puntos de referencia
que luego hay que unir con un trazo de lápiz



La vista trasera es especialmente favorecedora, según mi fotógrafo




Esta vez, y a diferencia de lo que hago con los de mis hijas, no usé la remalladora para coserlos directamente. Buscaba algo más sólido, así que los cosí usando un punto zigzag de la máquina, un poco más estrecho del estándar, y un poco más largo, que pudiera resistir bien los posibles tirones al ponérmelos. La remalladora intervino únicamente para dejar niquelados los acabados interiores. Los bajos y las cintura también los hice a zigzag, porque no tenía dos bobinas de hilo del mismo color para usar la aguja doble, que suele ser mi acabado favorito. Aún así, quedaron perfectas. No es una prenda que vaya a usar para ir a trabajar, por ejemplo, pero le daré mucho uso como prenda de estar por casa. Son extremadamente cómodas y es como llevar una segunda piel. Azul, pero segunda piel. Como el patrón se llama Espresso, que es un tipo de presentación del café, corto y a la italiana, las he bautizado con el nombre de una variedad de café que evoca el azul de mi tela. De propina, un video del grupo Blue Mountain, que me encanta.





lunes, 11 de noviembre de 2013

Life is a bowl of cherries


Este otoño caluroso que estamos viviendo en Canarias me ha hecho rescatar un proyecto veraniego que cosí para mi hija mayor hace un año y medio. En junio del año pasado mi mayor retoña presentó, junto a una compañera, una pequeña obra teatral que montaron los niños de su curso para despedir el ciclo de educación infantil. Para tan importante ocasión, la joven eligió el patrón de un vestido que le gustó de la tienda Etsy de Puperita, una diseñadora italiana especializada en ropa para niños que propone auténticas bellezas. El patrón está en inglés y las indicaciones son muy claras, aunque si surge cualquier duda Annalisa, la diseñadora, es un auténtico encanto fácil de contactar. A título anecdótico cuento que éste fue el primer patrón electrónico que utilicé; me daba un poco de miedo que las piezas no cuadraran bien, pero salió fenomenal. También hay que tener en cuenta que el margen de error es menor en un patrón infantil, ya que las piezas son más pequeñas que en uno adulto. Y dicho esto, relato los detalles:

  • Patrón Butterfly (Puperita).Versión única.
  • Talla: 8 años. Mi hija tenía 6 por aquel entonces, pero es una niña alta para su edad. El vestido le ha servido dos veranos perfectamente.
  • Modificaciones: cambié la cinta de cierre del cuerpo por una solapa más corta que cierra con un snap de resina. Me pareció que, al abultar menos esta solución, no molestaría a mi princesa del guisante cuando apoyara la espalda al sentarse.
  • Tejido: Pink cherries de Robert Kaufman (comprado en 2.010). Y para el forro del cuerpo, un popelín de algodón-poliéster de mi tienda habitual de tejidos.
  • Otros materiales: un snap de resina en forma de estrella rosa, comprado en esta tienda de EEUU.
  • Tiempo total de realización: dada mi lentitud de costura en quel momento, unas 5 horas en total para un nivel debutante. Hoy en día lo solucionaría en mucho menos, calculo que en unas 3 horas y media.
  • Coste total del proyecto: patrón, 4,57€; tejido; 12€; otros gastos (estimación de papel, tinta, hilo, snaps), 2€. Total: 18,57€.


Y éste fue el resultado.


El día D, justo antes de salir.





Lo que me gusta especialmente de este tejido son las cerezas: marrones, rojas con lunares blancos, blancas con lunares rosa, fucsia. En el verano de mis doce años, cuando estuve por primera vez en Francia a visitar a la familia, me traje de recuerdo un enorme bote de cerezas en conserva (que aún vive en mi cocina, por cierto, aunque ya con otro contenido). El arte culinario de mi tía abuela favorita se me grabó en las papilas gustativas por medio de aquellas cerezas enormes, doradas y de magnífico y afrutado sabor. Eran Bigarreau Napoléon y sigo soñando con ellas cuando llega el verano. Quizás por eso, al ver esta tela me lancé en plancha y compré un par de metros, en honor de las cerezas de mi tata Madeleine, que jamás volveré a probar, porque tanto ella como sus cerezas en conserva ya forman parte del mundo agridulce de mis recuerdos. Aunque como decía Judy Garland cuando cantaba Life is a bowl of cherries: "life is too mysterious, don't take it too serious" (...) "you live and you laugh at it all".



En el escote, Celia lleva un broche que le hice con retales de las dos telas formando pétalos. En el centro, un botón antiguo de plástico blanco con cenefa central, heredado del stash de mi abuela. El brochecito está montado sobre una ranita (una pinza de pelo) de manera que puede pillarse del borde de la ropa, en el mismo escote del vestido o ponerse como debe ser, en la cabeza, según el gusto de la consumidora. Coser los pétalos fue, literalmente, un trabajo de chinos; no son lo más regular del mundo (forman una especie de margarita con serios problemas de desarrollo), pero creo que valió la pena.





Usé retalitos alternos de las dos telas para los pétalos.



Los uní y monté sobre un circulito de fieltro amarillo 
que cosí a la ranita.


Nunca he prestado demasiada atención a los complementos, al hecho de que vayan o no a juego con la ropa, pero ahora que coso creo que le dan un toque personalizado al conjunto, permiten que una se apropie mejor de la ropa. Y son una excelente manera de utilizar los retales que inevitablemente salen de la costura.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Darling pretty dress




A finales de septiembre cosí mi primer vestido. Sí, ya sé que suena increíble: tres años cosiendo en serio y nunca me había cosido un vestido para mí. Debo decir que en mi guardarropa los vestidos no abundan, más por las excusas que me pongo a mí misma para no usarlos que por motivos reales. Así que, queridas lectoras usuarias de vestidos, pónganse cómodas, cojan el bol de palomitas y dispóngase a soltar algunas carcajadas, tienen mi permiso. Con sesión de psicoanálisis casero de regalo.
En mi retorcida cabecita pululaban ideas como que es difícil combinarlos (¿hein?! ¡si no hay dos partes que combinar!), que no son cómodos de llevar porque limitan mucho la libertad de movimientos (WTF!!), que no me gusta verme en ellos porque no me hacen una silueta bonita (¿pero qué dices? ¡¡¡con ese cuerpo!!!), que representan una forma de vestir anticuada o cursi (OMG!!!!)... Ya ven, excusas, excusas, excusas, cientos de ellas y de todo pelaje, a cual más peregrina. Lo que me pasaba, en realidad, es que no tenía costumbre de usarlos ni de verlos usar. En mi familia la única que llevaba vestidos con frecuencia era mi abuela, ya que mi madre los usa como algo extraordinario. Aunque el trasfondo de todo ésto, la causa de mi eterno coflicto con las manifestaciones exteriores de mi naturaleza femenina, es un miedo que ha condicionado mi imagen desde siempre: me da pavor que se fijen "sólo en mi aspecto", sin tener en cuenta "quién soy" (léase, mi coco, mi trabajo, mi personalidad, etcétera). Sí señoras, tengo miedo de ser una mujer. De arreglarme, de querer estar guapa, de recibir piropos, de mostrar mi propia y especial belleza, esa que todas tenemos, de recibir como consecuencia la tan manida etiqueta de señora frívola y superficial. Menudo problema, a estas alturas del baile, si este cuerpo y esta vida no son retornables.
Lo gracioso de todo ésto es que de pequeña llevaba alegremente faldas y vestidos. No me resultaban incómodos, no me desagradaba recibir cumplidos relativos a mi aspecto y podía hacer una vida de niña normal sin problemas (saltar, correr, llenarme de tierra...). Pero en algún punto indeterminado de mi adolescencia, cuando me tocó establecer relaciones diplomáticas con mi cuerpo y mi aspecto, algo se cortocircuitó. Dejó de gustarme ser una chica, y por tanto, los vestidos fueron expulsados sin piedad de mi armario. Se quedó alguna falda, algún vestido aislado de cara a mantener las apariencias, pero en general en las limpiezas de armario eran los primeros en salir.
Así que tuve que vencer muchos de mis propios prejuicios e ideas preconcebidas para acercarme a una prenda de vestir que no me resultaba familiar y que chocaba con mi habitual y comodísimo pensamiento automático a la hora de elegir la ropa cada mañana. Tras más de veinte años vistiendo un "uniforme" de vaqueros y camiseta a diario, ya iba tocando cambiar, evolucionar, cuadrar mi imagen con quien soy ahora. Este verano hice una limpieza profunda de mi armario. Me obligué a quedarme sólo con lo que me sienta bien y está en buenas condiciones de uso, dejando espacio libre para nuevas prendas, esta vez cosidas por mí. Y en este punto de la historia es donde encaja el haber elegido un vestido de estilo camisero, poco complicado de llevar y combinar.

El año pasado, me autoregalé por mi cumpleaños el patrón del vestido Darling ranges de Megan Nielsen. Me parecía bonito en las fotos del lookbook y pensé que sería buena idea probar con un vestido que tiene un cuello bastante sencillo de resolver. Pero no contaba con que esta diseñadora, a la hora de elaborar sus propuestas piensa en mujeres de copa C, más que en mujeres como servidora, que usan copa A. Así que aquí el reto personal fue doble: apender a hacer un ajuste para busto pequeño (SBA, por sus siglas en inglés) y aprender a llevar un vestido en el día a día (no sólo para salir un par de veces al año, como era mi costumbre). Por eso pospuse tanto este proyecto. Tenía la tela perfecta, todo lo necesario, pero no me atrevía. Me paralizaba el miedo a lo desconocido. ¿Y cuando refresque?, ¿podré usarlo en invierno?, ¿qué zapatos me pongo con él?, ¿no se me pegarán los leotardos o las medias?, ¿será cómodo para trabajar?, ¿me sentiré estéticamente identificada con una prenda que asociaba peyorativamente a épocas pasadas y a esquemas femeninos que no me gustaban?
Como ven, mis discusiones interiores no tenían desperdicio. Soy historiadora del arte y por propia formación sé que el adorno femenino y ciertas prendas de vestir son propias de la mujer desde que el mundo es mundo en casi cualquier cultura del planeta. Y sé que aunque viva en una sociedad patriarcal donde a las mujeres no se nos ponen fáciles las cosas justamente por el hecho de serlo, como individuo no me siento coartada por la voluntad estética de hombre alguno ni de corporación alguna. Pero ni por esas. Hasta que algo en mí hizo clic. El diablillo que a veces se sienta sobre mi hombro volvió al ataque y me dio en toda la línea de flotación. Me susurró algo a lo que no pude resistirme: "si dices que no te sientes identificada con tu actual forma de vestir, ¿porqué no dejas de quejarte y pruebas algo nuevo?, ¿porqué no sales de tu cómoda pereza mañanera y dedicas unos minutos a pensar en serio qué te vas a poner?". Me retó, y aquí está el resultado:






En la espalda tiene dos cintas para ceñir el vestido


  • Patrón: Darling ranges de Megan Nielsen. Versión única. En la web de la diseñadora hay multitud de tutoriales para hacerle diferentes cuellos o mangas, cambiar las pinzas de sitio o añadírselas en la espalda, con lo que su potencial versionable es grande. Y tiene bolsillos, lo que lo hace aún más interesante para mí.
  • Talla: XS.
  • Modificaciones: ajuste para busto pequeño y eliminación del elástico de las mangas.
  • Tejido: Jewel mobile con fondo chocolate de Alexander Henry. Lo compré en 2.010 en la liquidación de Mimeme. Usé dos yardas y cuarto (sobre los dos metros de tejido).
  • Otros materiales: 12 botones de vidrio de comienzos del siglo XX, del stash de mi abuela. Proceden de una tía suya, que se dedicaba a coser botones en cartones para una fábrica local francesa, un empleo doméstico muy típico de las primeras décadas del siglo pasado.
  • Tiempo de realización: unas 12 horas, contando en el proceso la elaboración de dos pruebas para comprobar el cuerpo, que es lo que tuve que modificar. Lo que más lata dio, con diferencia, fue hacer los ojales (a máquina) y coser los botones. Aparte de eso no es un proyecto que presente grandes dificultades técnicas.
  • Coste total: 36,5€; patrón 14€ -sin envío-, tejido 20€, otros materiales (bies, hilo 2,5€).




El bies coral que usé para el cuello cuadra justo con la tela 
(¡juro que es casualidad!, con lo que me gusta el retaleo asimétrico)





Aquí se ven mejor los botones de vidrio;
el de más arriba es ligeramente más pequeño que los demás.
También se ve mejor el dibujo de la tela.



Quizás la única pega subjetiva que soy capaz de ponerle a este vestido es el escote. Es muuuy pronunciado para alguien que suele preferir los escotes redondos y más bien altos. Supongo que es una consecuencia lógica de mi configuración pectoral; no me gusta lucir esternón, qué voy a hacer. Pero superadas mis reservas al hecho en sí de llevar un vestido, las de acostumbrarme a un escote que no es el que suelo llevar y tras capear con éxito la combinatoria mañanera... debo decir que estoy encantada de haber hecho la prueba. Estoy muy contenta de haber desmontado mis propios prejuicios y de haber accedido de nuevo al mundo de los vestidos.


Y como despedida, una canción de mi adorado Mark Knopfler que me viene como anillo al dedo para bautizar mi vestido, porque es como una metáfora de lo que ha representado en mi armario y en mi vida.



"Cast away the chains, Darling Pretty, cast away the chains away behind (...) There will come a day, Darling Pretty, there will come a day when hearts can fly".

No hay nada que libere más la mente que romper las propias cadenas con que la hemos atado. Me parece mentira que una simple prenda de vestir me haya devuelto algo que tuve pocos años: ligereza de corazón para elegir vestimenta, ganas de jugar, de experimentar, de verme guapa. De ser una chica.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Manzanitas verdes (y una declaración de amor)


Qué bien sientan esos proyectos que salen bien a la primera. En los que una sólo elige la tela, la corta, sigue las instrucciones y termina en un plazo razonable de tiempo una bonita prenda nueva. Hacen que una se enamore aún más de la magia de la costura, ¿no creen? Y sí, lo confieso, me he enamorado de un patrón y de una tela que hacen muy buena pareja.












El proyecto de hoy es una blusa sencilla. No tiene cierres, es de un corte ligeramente suelto, con costura central en la espalda y unas mangas justo por encima del codo que la hacen apta para los entretiempos, esa cosa meteorológica extraña que tenemos cada vez más a menudo y cada vez más fuera de época. Pero que no cunda el pánico, no voy a empezar ahora a quejarme de la meteorología. Al lío:

  • Patrón: Laurel (Colette Patterns), versión 4.
  • Talla: 0 (sin modificaciones).
  • Tejido: pana 100% algodón con estampado de manzanas verdes . No recuerdo el diseñador, ya que hice la compra allá por el 2.008 en la extinta tienda Mimeme. Milagrosamente, usé una única y triste yarda en total (sobre los 90cm).
  • Otros materiales: bies para rematar el cuello y las mangas. Usé retales, uno de flores para el cuello y dos de colores diferentes (verde manzana y crema) para las mangas.
  • Tiempo total de realización: desde el calcado del patrón a la terminación, unas 8-9 horas. Aunque aviso de que el cálculo lo hago a ojo, soy madre y mis sesiones de costura son intermitentes.
  • Notas importantes: este patrón prevé la terminación del cuello y las mangas con bies, pero recomienda que la costura de cierre se haga a mano. Si no gusta de coser a mano, avisada está querida lectora. Más abajo hay fotos de detalle de cómo queda la citada costura manual.
  • Coste total: 11€ (tejido), 1€ (hilo y retales de bies), 23€ (patrón y gastos de envío)
El patrón Laurel es un vestido de aire sesentero, un shift o vestido recto susceptible de ser modificado y embellecido de muchas maneras. De hecho, está disponible en la web de Colette Patterns un libro en PDF gratuito con un montón de ideas llamado Laurel extras. Y dicho sea de paso, las ideas del libro son extrapolables a cualquier proyecto del mismo estilo.
Como se supone que estamos en otoño, opté por un trozo de pana que tenía en mi arsenal. Necesito partes de arriba calentitas para los fríos que llegarán y tras un rato de jugar al tetris con las piezas del patrón, logré encajarlo todo al hilo. Este es mi segundo proyecto con pana y debo decir que es el primero que sale bien, ehem. Algún día hablaré de la gloriosa pifia costuril que se alcanza cuando una no tiene en cuenta la dirección del pelo en la pana.
No hice ninguna modificación y la única que contemplo hacer para la siguiente vez es tocar un poco la manga para hacerla más ancha. Está muy justa para mi gusto y la noto demasiado cuando me pongo una rebeca por encima, y miren que mis brazos no son precisamente regordetes. La prueba de fuego, llevarlo a mi jornada de trabajo en la oficina, fue superada con éxito. La pana apenas se arruga para lo fina y suave que es.
Cuando cosía a mano los bies de las mangas y el cuello me acordé de una canción titulada justamente como las manzanitas de mi blusa, Little green apples. Hay una versión de Sinatra, pero no me gusta cómo la canta Frank (si bien escucho con gusto otras joyitas de su repertorio), así que la versión que os pongo aquí es la de un cantante country llamado Roger Miller. Para quien no lo conozca, el señor Miller fue un hacha del "Nashville sound" y autor de la conocidísima King of the road. Me gusta especialmente esta canción porque habla de esos amores callados y en apariencia poco románticos, en los que los gestos dicen más que las palabras. Quizás esta canción me dice tanto porque yo misma soy un poco así, más bien callada, más de apretar una mano que de andar soltando "te quieros" indiscriminadamente. 




Volviendo a mis otras manzanitas, las dos últimas fotos son de detalle: las tripas de la blusa y el detalle del bies del cuello. Debo reconocer que tenía mis reservas sobre coser a mano tanto bies y que llegué a acariciar la idea de cerrarlo a máquina, pero con la pana el resultado es fantástico. En el derecho no se ve absolutamente nada y me encanta que no sea perceptible ni una sola puntada. Valió la pena. El patrón me ha gustado tanto que repetiré con la blusa, aunque ya lo tengo calcado en formato vestido, sólo me falta elegir un tejido adecuado.


Aquí un detalle del interior, con los retales de bies desparejados.


Y aquí un detalle del remate a mano del bies del cuello

Y esto es todo por hoy. El viernes es festivo y se avecina un largo fin de semana repleto de cosas que hacer, pero también de ratos de costura. ¡A por ello!

viernes, 25 de octubre de 2013

El patito feo, compañero de noches frías


En este post voy a hablar de clonación. Aunque antes de que cunda el pánico en usted, querido lector, debo aclarar que en este caso lo clonado es un objeto inanimado. Ya puede respirar tranquilo, ningún animal ha sufrido en el proceso.
Verán, lo malo de tener dos hijas es que de la mayoría de cosas importantes son necesarias dos unidades. Y en el caso del patito calentador de barriguitas doloridas o pies helados, es de esos artículos imprescindibles, sobre todo en estaciones frías. Un catarro, un dolor de tripa inespecífico, unos piececitos destemplados, son contagiosos. Si la hermana mayor pide el patito calentador, la pequeña hará lo propio, como es natural. Y tener uno sólo, pues no es inteligente ni previsor, además de originar conflictos territoriales.

Para quien no sepa lo que es un patito calentador, aquí va una pequeña explicación. Cuando servidora era niña, existían las bolsas de agua caliente, generalmente de caucho, con una fundita exterior de franela. Aún están disponibles en el comercio, pero de unos años a esta parte se ha puesto de moda el calor seco, sobre todo para usarlo con bebés y niños. Se trata de una bolsita con funda, en la que se dispone un material de relleno que conserva el calor, evitándose así las posibles fugas de agua, que eran el principal inconveniente de las citadas bolsas cuando tenían cierta antigüedad. La bolsita interior se saca para calentarla cuando es necesario y la exterior se lava cuando hace falta. En este caso, como mi perspicaz lector habrá supuesto, la bolsa de calor seco de mi casa tiene forma de pato. No es un pato especialmente reconocible, ni mono siquiera. Una simple silueta, más bien poco agraciada. Un pato feo.

Cuando mi hija mayor era pequeñita, compré uno, el de la derecha de la foto, en la extinta tienda Ecopeque. Era de la marca alemana Prolana, de gran calidad. Tanto la funda exterior como la interior son de algodón orgánico y el relleno son pepitas de cereza. El de la izquierda es mi clon, que salió ligeramente más grande.




Para elaborar este proyecto reutilicé tejido, tanto en el exterior como en el interior. El borreguillo de algodón orgánico del exterior procede de una funda de grupo 0 de la marca alemana Lotties. Ya no usábamos el grupo 0 con la peque, así que decidí destinar el tejido de la funda extra a mejores propósitos. La tela naranja de mi pato es una antigua camiseta de mis hijas, que resultó ser perfecta para este proyectito. La tela de la bolsita interior procede de una sábana destinada al desguace, de esas que por formato ya no cuadran con las camas modernas, pero que sirven de maravilla para faldas de indiana, fantasmas de Halloween escolares y usos similares.
El patrón es feo con ganas (se nota a la legua que fue trazado a mano alzada), pero funcional:



La pequeña pieza que se ve encima de la grande son las patas del pato. Hay que cortar dos en borreguillo y dos en el tejido contrastante. De la grande, también dos en tejido de borreguillo, dejando una de las dos piezas con una solapa adicional de 8 centímetros, que se doblará sobre sí misma hacia el interior, creando un bolsillo que evitará que la bolsa interior se escurra fuera. Como si estuviéramos haciendo una funda de cojín, vaya. Lamentablemente, de la bolsita interior no conservo patrón, aunque el principio es el mismo, calcar la silueta dejando un margen de costura todo alrededor, y coser las dos piezas juntas, dejando la parte baja abierta para introducir el relleno. Nótese que la forma cuadra con la exterior, sólo que un poco más fina, para poder caber dentro sin problemas. En este caso disponía de pepitas de cereza que había comprado para un proyecto similar, y usé tela de sábana, con lo que pepitas aparte, fue un proyecto de reutilización textil total. Por cierto, este fue el primer proyecto en el que usé la remalladora, allá por febrero de 2.012. No tuve que tocar la máquina de coser más que para la bolsita interior. Por cierto, la costura de cierre de la parte baja la hice con el pie de poner cremalleras, porque estaba muy llena. Aquí, la susodicha:




Y aquí una bonita vista de la funda, con el bolsillito interior asomando picarón. 




El éxito del patito fue tal que con los sobrantes fabriqué otro más, que ahora vive en casa de la abuela de mis hijas, mi señora madre. Y como este blog sin mis inspiraciones no es nada, aquí os dejo el corto Disney que piden mis hijas en las tardes frías (obviamente, con los patitos calentadores a mano). Y sí, el mío es tan feo como el del corto, no tendría gracia usarlo si fuera un cisne, ¿no les parece?




martes, 22 de octubre de 2013

La noche del cazador (camiseta para una chica mala)

Permítanme presentarme. Me llamo Luisa y me gustan los placeres de la vida. Los libros, el cine y la música. Además, la costura me da vida. Es lo que me hace sentir funambulista y asombrarme de las cosas que puedo llegar a lograr. 

Hoy toca hablar de cine y de películas que dejan huella. Que se quedan rondando en la memoria muchos años después de su visionado y que, en algún momento y de alguna secreta manera, acabarán saliendo a la superficie. A los 16 tuve la ocasión de ver La noche del cazador (1.955), una espléndida película dirigida por el actor inglés Charles Laughton y protagonizada por el inmenso Robert Mitchum. Quien haya visto esta película o El cabo del miedo (la primera versión, la de 1.962) sabe de lo que hablo. En dicha película el protagonista, un reverendo de dudosa moral y peores intenciones, luce en los nudillos las palabras LOVE y HATE tatuadas. Para quien no conozca la película, a continuación os dejo una bonita escena en la que Harry Powell habla sobre ellos:






Como lo mío es un caso de cinefilia grave combinada con metaforitis aguda, me pareció que ese tatuaje merecía entrar en mi vida. No me interpreten mal, una servidora carece por completo de masoquismo y no tiene la más mínima intención de dejar que le claven agujas bajo la piel, pero... algo había que hacer. Sobre todo cuando una piensa que el amor y el odio van de la mano en el subconsciente humano y que son emociones sujetas a toda clase de consideraciones morales.

La vieja idea regresó cuando estaba terminando una camiseta de manga corta. Usé el patrón Blank canvas tee que StephC ofrece en su web personal para descarga gratuita. Manga kimono, lo cual quiere decir que no hay que insertar mangas, sólo 4 costuras y los vueltos, y voilá, camiseta nueva. Un proyecto fácil y rápido con el que obtener una de las prendas básicas de cualquier guardarropa. "Instant gratification", que dicen las anglosajonas. Aquí visto de espaldas y de frente. Me gusta especialmente que es bastante bajo y no deja el ombligo al aire, cosa que a estas alturas de mi vida valoro mucho. Perdonen el moño cutre y la pose rara, son cosas de sacarse las fotos una misma. Necesito práctica.









Usé un retal de jersey de lana merino en tono burdeos. Procede de una mantita doble cara que pillé de saldo en Bebés Naturales, que tenía un enganchón en un lateral del lado del merino. Como manta ya no era estéticamente perfecta, pero la tela es sin duda de gran calidad y estupendamente reutilizable. No pude sacarme fotos de más cerca, pero la tela no fue cortada al hilo, cae ligeramente en diagonal, lo que debido a su elasticidad no se nota. La pieza dio para una camiseta de la talla 30 (el tallaje de StephC es anglosajón (medidas imperiales), en pulgadas, tomando como referencia el contorno de pecho). Las mangas las terminé con una pequeña banda, que es un acabado que me encanta, y dejé el cuello sin rematar porque creo que le va muy bien al look de camiseta tatuada dejar algún detalle de apariencia descuidada. El bajo lo rematé con un vuelto sencillo, con costura zigzag con hilo coordinado. Y el detalle "malote" fue el bordado. No deja de tener su gracia que el punto de cadeneta, que era uno de las primeros puntos de bordado que aprendíamos en la escuela las niñas de nuestra generación, tenga aquí una utilización menos modosita. El amor y el odio, en mi mejor caligrafía (interesa que se entienda lo que va escrito, por supuesto), en cada manga; el amor en la derecha y el odio en la izquierda, igual que en los nudillos de Harry Powell. Usé un hilo retors de algodón negro de mi abuela y lo bordé con punto de cadeneta. Costó porque el jersey de merino es muy suave y muy elástico y cuesta no arrugar la tela al tensar el hilo, que es bastante grueso porque va doble. Pero ha quedado muy bien, estoy contenta con el resultado. Aquí el detalle.








El tejido me encanta: el jersey de merino no pica, drapea genial y tiene un ligero brillo que da a una simple camiseta un tono ligeramente sofisticado que permite usarla en dos registros, más "vestida" o más "casual". Esta fue la primera camiseta que saqué de este patrón, pero no será la última porque se trata de un patrón muy versátil. Su autora ofrece en su web varios tutoriales para "hackearla" y convertirla en una prenda llena de reminiscencias de los años 40 o 50, ponerle mangas largas o darle un aire marinero usando tejidos elásticos, ya imprescindibles hoy en día.