miércoles, 22 de junio de 2016

Cómo tunear una camiseta. Episodio uno.

Estamos en racha de confesiones estéticas, mi estimado público: hoy traigo a colación que tengo una larga y fructífera historia de amor con las camisetas. Las considero, tras la rueda y la copa menstrual, de lo mejorcito que ha inventado la humanidad. Desde la adolescencia las idolatro, porque me permitían esconder las formas femeninas cuando no quería mostrarlas. O sea, casi siempre. Solían ser camisetas oversize, de chico o un par de tallas más grandes que la mía habitual, lo cual explicaría mi actual querencia por las camisetas masculinas, que ya no disimulo.
Y por otro lado, lo reconozco. Soy una gamberra de tomo y lomo, no puedo seguir ocultándolo más. Me encanta toquetear cosas y cambiarlas, dejar mi huella, que se note que he pasado por ahí. No voy dejando las paredes llenas de pintadas por aquello de no dar mal ejemplo a mi progenie, pero casi.
En esta ocasión os presento una bonita camiseta tuneada. No es un proyecto de costura pero es de personalización que incluye tinte y bordado, ¿os vale? Pues nos ponemos manos a la obra.
Érase una vez una inocente camiseta, blanca y pura como la nieve recién caída, tal que así: 



Imagen propiedad de la marca Gamberro -serie limitada 2.015- (Facebook)

Decidí que una cosita tan inocente y algodonosa no podía quedarse así y recordé un pack para teñir con índigo que había comprado hacía un par de años y que guardaba celosamente para algo pequeño, pero molón. Bueno, tan pequeño no es, que es una talla S de hombre -menos ceñida que el modelo para chica-. Así que me puse manos a la obra e hice mi primer tinte con índigo. Debo decir que la peste de las reacciones es tremebunda, pero merece la pena ver cómo la química hace su trabajo. El último paso, sacar la camiseta del baño de tinte y colgarla para que oscurezca durante un rato, es mágico.



El baño tiene mala pinta y huele aún peor.
Cuando está dentro, la camiseta es amarillenta



Aquí al final de la media hora de oxidación



En el bajo se ve la pequeña parte que aún no ha reaccionado


Luego quise seguir haciéndole cosas, porque soy una insaciable de la peor especie. Siempre pensé que el logo se presta a hacerle un relleno, así que usé pintura textil de efecto 3D en la hoja y en la rosa, como si fuera un dibujo a colorear. Y usé glitter plata para rellenar los brillos de las letras. Todo lo que usé es de la marca de Lidl, CreaBox. Para terminar, quise bordarle un par de detalles: la empuñadura de la daga, en gris, la punta mojada en sangre, de mi absoluta cosecha, y le cosí tres pequeños botones en forma de flor, como poéticas gotitas de sangre (así es mi curioso concepto de la poesía, muy gore).



Los detallitos, de cerca



El tinte no quedó uniforme, pero me encanta así; 
las marcas de la espalda parecen arañazos 
(mi concepto torturado de la poesía de nuevo a la carga)



Y así quedó: nada que ver con la blancura del comienzo. En las últimas fotos se aprecia el color real del índigo.






En uso, como hay que disfrutar las cosas


lunes, 13 de junio de 2016

Saliendo del armario

Una larga temporada sin publicar ni coser tienen sus motivos. Necesidad de un descanso, de cerrar por un tiempo esta ventanita que la costurera funámbula abrió al mundo en un momento dado, para abrirse a sí misma en un paréntesis gigante. A veces la necesidad llega sin avisar, de golpe. Un buen día uno cobra conciencia de que hay cosas que es necesario contar a los seres queridos. Y que no hay mejor idea que abrazar lo que uno es.
No deja de tener gracia que, dada mi afición/obsesión por organizar armarios, haya vivido en uno -virtual, eso sí- durante más de veinte años. Así que ya es hora de romper la puerta, sacudirme las telarañas y salir, de una buena vez. Soy bisexual. Callarlo ha sido una de las peores cosas que he hecho en mi vida, no tanto porque he defraudado la confianza de quienes me quieren y merecían saber esto de mi, sino porque mi propio miedo me ha hecho un daño terrible al enredarme sola en una espiral de automutilación mental y emocional muy peligrosa. Tomen nota: la falta de autoaceptación es la mejor receta para la infelicidad.
El otro aspecto de mi que llevo demasiado tiempo disimulando es mi identidad de género. Vivo en un cuerpo de sexo femenino, pero nunca me he sentido mujer. Debo decir que tampoco me siento hombre, para quien tenga esa duda metafísica. Tengo una identidad de género no binaria: soy agénero. Me he obligado a mi misma a vestir de forma femenina durante demasiado tiempo para evitar preguntas, prejuicios y miradas reprobatorias. Pero en la vida de toda persona llega un punto en el que ya no se puede más, en el que el reflejo que devuelve el espejo es una distorsión de lo que uno siente que es, lo cual desde luego no es un hecho mentalmente sano ni moralmente aceptable. Salir a la calle cada día de pésimo humor para interpretar un papel que no cuadra no es el mejor plan para el resto de la vida, ¿no creen?
Si me tuviera que resumir en una frase, diría que soy una persona a la que le gustan las personas. Tan simple como eso. Tan complicado como eso. Uso todos los pronombres, preferentemente los femeninos (a pesar de los pesares, le tengo cariño a la identidad que me ha resguardado tanto tiempo), pero también los masculinos y los neutros, dependiendo de las circunstancias, mi humor, etcétera.
Y si cuento esto aquí es porque mi cambio físico ha sido notorio y se verá en las fotos; quien avisa no es traidor, dicen. Mi expresión de género (mi aspecto, dicho en plata) es mucho más andrógina que antes y obviamente, los proyectos de costura a los que les doy vueltas ahora son distintos. En la transición hacia mi verdadero yo, estoy en el lado queer de la costura, mi herramienta de autoconstrucción favorita. ¡Hasta pronto!







lunes, 23 de marzo de 2015

Leed, leed malditos

En mi casa somos lectores empedernidos. Los que sabemos leer, claro, aunque mi hija pequeña, que es la que faltaba, está aprendiendo. A todos nos gusta sumergirnos de lleno en una buena historia y  cuando se lee mucho tener aparatitos lectores de libros electrónicos es lo lógico. La batería dura una eternidad incluso en uso intensivo, caben muchísimos libros y cuando a uno le gusta leer libros gordotes es un invento, porque los brazos no se cansan si uno lee en posición horizontal. Y la pantalla de tinta electrónica no se come la vista como la de una tableta, cosa que mis defectos visuales agradecen mucho.

Señoras y señores, mi entrada de hoy va de fundas. Personalizadas, molonas y totalmente al gusto del cliente lector. Y hay nada menos que tres: adivinen cuál es la del caballero, cuál la de la señora y cuál la de la niña de 9 años.






Bueno, tampoco es tan difícil, ¿verdad?. Y lo han adivinado, nuestros readers son trillizos, el mismo modelo del mismo cacharrito, un Kindle Paperwhite. Para los adultos ya es nuestro segundo aparatejo, y aunque yo podía aprovechar la funda de mi anterior reader que era prácticamente del mismo tamaño, me apetecía hacer una de otro formato más práctico.




Descubrí en Whipstitch un fantástico tutorial que adopté con unas cuantas modificaciones: añadí medio centímetro a todo el contorno porque el bolsillo quedaba un pelín justo, y en los dos últimos redondeé las esquinas porque me parecía más estético. En el tutorial no lo sugiere, ya que sólo usa guata de acolchar, pero yo incorporé dos pequeñas láminas de plástico duro (como el que se usa en las encuadernaciones de oficina) para añadir un poco de protección extra, además de la guata y la entretela. También le hice una costura central a modo de libro para que las piezas de plástico no se solaparan. El resultado global es ligero, pero eficaz. Y por último, en lugar de los triángulos de tela que Deborah usa, usé trocitos de elástico de 8cm cada uno; creo que así es más fácil poner y quitar el aparatito, y si es de color negro casi ni se ven.

Para la versión 1, elegí un trocito de vaquero no demasiado grueso y un retal de elástico negro y decidí embellecerlo con un pequeño bordado en la portada. Busqué una tipografía de máquina de escribir y escribí "Lee" (en imperativo, como tiene que ser) en la esquina inferior derecha. Luego lo rellené con perlé marrón liso. Y ese fue mi regalo del día de padre a mi señor esposo, un lector de gustos sobrios.



La versión 2 es la de mi niña grande, que eligió esta tela el verano pasado. Con ella ya le hice parte de su estuche escolar a comienzos de curso, y después de la funda aún ha sobrado otro poco. Lo que da de sí medio metro, oiga. No hay elementos decorativos añadidos por expresa voluntad de la destinataria; qué seriota es esta niña.




La tercera versión es la mía. Me chiflan los lunares y quería hacerle unos detallitos en rojo, así que bordé otro "lee" imperativo, pero esta vez con mi letra. En la parte superior cubrí algunos lunares al azar con lo poco que me sobró del perlé rojo, como si fuera una constelación fantástica. El elástico exterior es rojo, pero los interiores son negros para que queden disimulados con el color del cacharrito.






Y aquí los tres, en amor y compañía. Los protectores de los aparatejos electrónicos más queridos de esta casa, los únicos que entran en los dormitorios. Por cierto, he aprovechado que tengo reader nuevo para tirarme en plancha sobre la última de Pérez-Reverte, Hombres buenos. Y vosotras, ¿qué estáis leyendo?




Por cierto, como algunos ya habrán supuesto, mi título remite a una película: Danzad, danzad, malditos (They shoot horses, don't they?, 1969) de Sydney Pollack. Ambientada en la América de la Gran Depresión, la acción transcurre en un concurso de baile de los de la época, en los que varias parejas bailan durante días para obtener un premio en metálico y poder comer mientras bailan. Como es de suponer, el maratón danzante termina de forma dramática:




Por suerte, la lectura es una actividad bastante menos arriesgada y hay menos probabilidades de sufrir un infarto en su ejercicio, aunque la narración esté de lo más emocionante.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Rebeca

Una de las cosas que he descubierto sobre mis gustos indumentarios a lo largo de los años es que me encantan las rebecas. Abrigan sin agobiar, pueden llevarse abiertas o cerradas, superponerse a jerseys finos o camisetas de cuello vuelto y son perfectas para combinar con cualquier clase de prenda, vestido o pantalones. Me gusta especialmente el hecho de que es una prenda poco estructurada, que tanto puede llevarse ajustada como holgada y aún así acompañar el movimiento del cuerpo sin estorbar ni pegarse demasiado a la piel. Me gustan casi tanto como el cine de Hitchcock. Por cierto, ¿saben que el término hispánico "rebeca" proviene de la película homónima del señor Hitchcock? Dicha película (Rebecca, 1940), basada en una novela de Daphne Du Maurier, giraba en torno a la opresiva memoria de la primera esposa -fallecida misteriosamente- de un hombre con el que se casaba la protagonista de la película, a la que por cierto nunca se nombra. Rebeca, fantasma de la antecesora que obsesiona a la anónima segunda esposa del señor De Winter, dio curiosamente su nombre para nuestra cultura popular, a una prenda que su sustituta en el cargo portaba habitualmente en la película. Las aficionadas a la moda de los años 40 reconocerán el modo inglés de llevar esta prenda, en lo que se conoce como "twin set", que consta de una camiseta de punto de manga corta o por el codo, de idéntico material y color al de la prenda exterior, con la que se lleva haciendo conjunto. Desde el minuto 4 de la película, momento en el que se conoce la pareja protagonista, Joan Fontaine luce esta prenda que refuerza el carácter inseguro y tímido de su personaje, ninguneado por todos los que la rodean. La señora Lacy, su reciente cuñada, le dice en el minuto 43: "veo por la manera en que vistes que no te importa tu aspecto, pero me extraña que él no lo haya notado, es tan especial con esas cosas", a lo que ella responde: "no creo que nunca se dé cuenta de lo que llevo". De este modo, Hitchcock refuerza la debilidad e infantilización del personaje con el uso de una prenda de vestir considerada como demasiado "casual" e invisibilizante (por lo corriente) en el entorno aristocrático típicamente inglés del marido de la protagonista. Esa es la cinematográfica y curiosa razón por la que en español, el nombre de esta prenda que la Real Academia define como "chaqueta femenina de punto, sin cuello, abrochada por delante" no tiene etimológicamente nada que ver con el anglosajón cardigan ni con el francés gilet


A partir del minuto 34, Joan Fontaine luce el perfecto twin set

Este invierno he estado recuperando el tiempo costuril que tuve que perder el año pasado por causas de fuerza mayor. En el plan de costura otoño-invierno había varias rebecas porque las que sufrieron uso intensivo el año pasado estaban al borde de la extremaunción y había que reponer. Por eso voy a aprovechar para hacer una pequeña comparativa de tres modelos que tengo ahora en plena rotación de temporada.


Oslo

Patrón que venía con el primer número de la revista Seamwork, del equipo de Colette Patterns. La primera versión que hice fue un fiasco porque elegí mal la tela (una especie de polar demasiado grueso que no tenía apenas elasticidad), así que para la segunda versión tuve buen cuidado de no pifiarla tontamente. Destiné un precioso interlock de merino que compré en 2.013 a tal fin y el resultado ha sido perfecto. Me encanta su aspecto holgado y lo larga que es; hice la mía sin botones porque no quería una prenda excesivamente formal. Con todo lo cual estoy muy contenta porque cuadra perfectamente con lo que buscaba: una prenda que cubra más abajo de la cadera, de un color de mi paleta personal, que resulta comodísima en el uso diario y que tiene el aspecto y la prestancia de una prenda de alta gama con ese cuello de inspiración esmoquin.

Modelo: Oslo (Seamwork nº1, la revista mensual cuesta 6€, pero el patrón puede adquirirse suelto por el mismo precio)
Talla: XS, aunque el tallaje es grande y es la que más holgada me queda
Modificaciones: ninguna
Tiempo de realización: dos horas
Dificultades: ninguna, las instrucciones son claras y fáciles de entender. Quien haya cosido una camiseta puede atreverse tranquilamente con esta rebeca.
Coste total: 38€ (interlock de merino), 2€ (hilo, papel, otros gastos)= 40€



Vista frontal


Detalle del puño vuelto



Julie & Julia

Este patrón es de Mouse House Creations, que tiene diseños para mujer y para niños. Me gustó desde que lo vi por la forma y por las opciones para hacer una prenda de manga corta y tres cuatros también, aunque yo hice la versión de manga larga, las dos veces, porque es lo que necesitaba. En las fotos se aprecia lo que cambia el aspecto de la prenda al cambiar el tejido: el azul marino es felpa no perchada ("sudadera de verano"), con grosor medio y mucho cuerpo y el verde es canalé de merino, más elástico, fino y con mucha caída. Con las dos tuve percances que al final se saldaron bien, lo que yo llamo "felices accidentes", pero la realización fue un pelín sobresaltada.

Modelo: Julia Cardigan (Mouse House Creations), 7€
Talla: XS
Modificaciones: ninguna
Desastres: muchos, dos de ellos culpa mía. Con la azul, no presté la suficiente atención al cortar la pieza del bajo trasero y me encontré con que en el borde superior faltaba un pedazo no muy grande en forma de triángulo. Para no tener que descartar la tela y porque no tenía más (era el trozo final de sudadera azul con la que había hecho tres pantalones para mi chica grande), tuve que hacer un remiendo creativo con un retalito. Como está a la altura de la cadera y cerca de donde cae la manga no se ve, pero ha quedado bien y al final me gusta que esté ahí, es un detalle muy personal. Rematé la solapa con un vuelto simple y una puntada elástica de mi Singer que me encanta, en forma de espiga. Con la verde tuve problemas peores. Cuando compré la tela (en una precompra colectiva al distribuidor europeo), venían los metros justos y la vendedora me avisó de que justamente mi trozo venía con un agujero-carrera y no podía ponerme más tejido para compensarme. Así que el ejercicio de encajar los trozos del patrón para que estuvieran al hilo y no descuajeringar el resultado fue interesante. Aún así, tuve que cortar uno de los puños a contrahílo y el otro quedó con el famoso agujero-carrera. Lo remendé con la idea de que el remiendo cayera en el interior y no se viera desde fuera, pero monté mal el puño y me encontré con que quedó en el exterior, junto con otro agujero que salió por generación espontánea (o no tan espontánea, imagino, ehem) durante la confección. Cosa que solucioné con un bonito botón del mismo color de la tela. Al final el puño me quedó tan mono como esas rebecas tan chulas de la marca que no es igual. Pero como una servidora estaba sembrada y florecida, los desastres no terminaron ahí: monté la solapa exterior del revés, cosa de la que sólo me di cuenta al probármela (quedaba arrugada, estrujada, raruna). ¿Solución al aparente e irreversible desastre? coger mis mejores tijeras, cortar justo por el borde para no quitar demasiado tejido a la solapa y volver a coser la pieza, esta vez bien. ¿Resultado? chulo a morir. Me encanta que el borde remallado en beige grisáceo, que va de miedo con el verde lima del canalé, quedara justo en el exterior, así que ni tuve que rematar la solapa como con el modelo azul (mi propia torpeza ya se encargó de rematarla por mí, vaya).
Tiempo de realización: incluyendo remiendos y maniobras de recuperación, dos horas y media cada una.
Coste total: 33€ (canalé de merino), 2€ (hilo, botón, papel, otros gastos) = 35€ el modelo verde
                   16€ (felpa no perchada), 2€ (hilo, papel, otros gastos) =  18€ el modelo azul



Vista frontal


Vista trasera



El detalle del remiendo (perdón por el color)





La solapa remallada



Vista trasera (en ésta se aprecia el color real)


El puño reparado


El borde remallado, se aprecia muy ligeramente el borde cortado al ras de la costura




Aquí se ve el puño a contrahilo (el del fondo)


L'incontournable

Este patroncito lo descubrí por casualidad en la web de su diseñadora; acababa de sacarlo a comienzos de año y me gustó el aspecto semiformal de la prenda, a medias entre chaqueta y rebeca. Junté un retalín de felpa perchada gris marengo que me sobró de un pantalón de mi marido con sudadera perchada gris claro de mi tienda local de tejidos (El Kilo del Valle San Lorenzo, para la chicharreras). Para las que tengan necesidad de botones, el patrón es fácilmente modificable para ponerle una hilada entera, lo mismo que se puede poner un botón grande o un corchete en la parte alta del delantero, pero no me apetecía, así que lo dejé tal cual. Una de las cosas que más me gustó fue la manga, ligeramente caída hacia el exterior, de modo que no deja al descubierto la muñeca al doblar el brazo, cosa que agradezco infinito porque tengo los brazos largos y muchas veces tengo que alargar las mangas de los patrones. Estos patrones se montan sin recortar la página, así que cuidadín con las impresiones torcidas ya que no hay nada que recortar. Hay que unir las páginas, pegarlas y luego completar con un lápiz el trazo de página a página. Además, no incluye márgenes de costura (yo le puse medio centímetro para montarla con remalladora y tres en el bajo de la manga y el vuelto). Se remata con una vista continua (la hice marengo, como la pieza a contraste del delantero) y decidí ponerle un pespunte decorativo en gris oscuro con la puntada de espiga que tanto me gusta. El resultado: una rebeca ligera, pero de poder calorífico nada desdeñable a pesar del corte más despegado del cuerpo.

Modelo: l'incontournable (MLM patrons), 5€
Talla: S. No hice la talla más pequeña, como suele ser mi costumbre, porque quería tener margen de maniobra para llevarla con algo más grueso que una camiseta por debajo.
Modificaciones: en teoría las mangas se rematan con un vuelto, pero al ver que me quedaban perfectas tal cual decidí hacerles una vista copiando la parte inferior del patrón de la manga para no restarle largo ni perder la bonita forma caída que tanto me gustó. Durante el proceso de construcción no seguí las instrucciones para el montaje de la manga, con la manga ya cerrada; la monté en plano porque me gusta más hacerlo así, creo que cuesta menos casar la costura de la sisa de este modo. Aunque tratándose de un género con cierta elasticidad no tendría porqué haber problemas de ninguna clase y lo mío es más preferencia personal que otra cosa.
Tiempo de realización: dos horas.
Coste total: 16€ (felpa perchada), 3€ (hilo, papel, otros gastos) = 19€


Aaahhh, esas mangas largas, al fin...



Vista frontal


La forma de la manga


La vista


El balance final es que he repuesto cuatro rebecas que están teniendo mucho uso, en tejidos tanto de invierno como más de entretiempo. Soy una amante de los colores lisos para este tipo de prendas porque la idea es que combinen con el mayor número de atuendos posible, así que el marrón, el marino, el verde lima y el gris son bazas seguras. Para el verano habrá alguna más, en tejidos más ligeros y colores más alegres, y posiblemente para el próximo otoño caerá alguna de aspecto más informal y retalero porque quiero aprovechar al máximo lo que ya tengo y no desperdiciar ni un pedacito de géneros que me cuesta horrores encontrar por estos pagos.

Y hoy no quiero despedirme sin recomendar la película Hitchcock de Sacha Gervasi (2.012). Se adentra en los entresijos del rodaje de Psicosis y es un auténtico placer ver a dos actores como Anthony Hopkins y Helen Mirren convertirse en el director inglés y su mujer. Eso para quien no prefiera ver Rebeca y degustar el suspense hitchcockiano en estado puro (genial trabajo de Lawrence Olivier, Joan Fontaine y Judith Anderson, por cierto). Hasta la próxima y feliz costura, de rebecas o de lo que se tercie.



lunes, 2 de febrero de 2015

Estilo y plan de costura. La prática

El año pasado seguí -sin mucha constancia y con un ojo distraído, todo hay que decirlo, por causas ajenas a mi voluntad-, la serie de entradas The Wardrobe Architect en el blog Coletterie. La iniciativa de la diseñadora estadounidense Sarai Mitnick me guió en el proceso postapocalíptico de la limpieza de armario que describí en mi anterior entrada. Este año es Kristen, de su equipo de Colette Patterns, quien ha retomado el proyecto con la intención de formar su propio guardarropa sin comprar una sola prenda nueva.

Me he sumado al reto para ir compartiendo mis progresos, mis tropiezos y conclusiones a la hora de construir un guardarropa funcional que me refleje mejor como ser humano. Me lo tomo como un comienzo, ya que, por definición, somos seres mutables: nuestros cuerpos cambian, nuestros gustos evolucionan y nuestras necesidades varían con el tiempo y los acontecimientos de la vida. Por tanto, entiendo que el concepto de "estilo" -tan resbaladizo él- es progresivo, sujeto a mutaciones -genéticas o no- y es uno de los más difíciles de definir. Me he dado cuenta de que, si uno rasca un poquito, bajo la capa superficial que suele envolver el uso o de la ropa, hay una mina de información que procede de multitud de frentes y requiere de cierta dosis de autoconocimiento para ser procesada.

El estilo, que yo entiendo como una mezcla de factores estéticos, psicológicos y necesidades prácticas, está influenciado a la hora de la verdad por una serie de circunstancias:

  • La persona, sus circunstancias y su físico. En mi caso, mujer de 38 años, delgada, sin rasgos particulares. Me caracteriza la peculiaridad de que, después de traer dos hijas a este mundo, mis contornos de pecho, cintura y cadera caen en tres tallas diferentes, lo que me obliga a hacer a veces extrañas maniobras de repatroneo para que la prenda final me siente bien. Me consuela pensar que al menos ahora tengo bajo control cosas que cuando compraba ropa eran casi irreversibles o me obligaban a procesos de modificación absurdos y que a veces no salían del todo bien. Por ejemplo: si una simple camiseta me sentaba bien de pecho, las mangas eran desesperadamente cortas y el bajo subía demasiado, haciendo que a cada momento tuviera que tironear de la prenda para que me cubriera el vientre, que aquellos maravillosos vaqueros de talle bajo tampoco eran capaces de cubrir. Un asco, si tenemos en cuenta que la talla superior solía quedar demasiado holgada, sobrándome tela en los costados. Cualquier elección era mala. Y repito, estamos hablando de alguien que se movía entre las tallas 36 y 38. Conclusión: el tallaje de la industria no coincide con la realidad y cualquier mujer corriente puede llegar a sentirse deforme, hasta las más delgadas. En general, me siento cómoda con mi cuerpo, incluso con mi talla 75A de sujetador, a pesar de las experiencias que acabo de relatar.
  • Las necesidades. Madre de dos hijas, con trabajo de oficina y perra que pasear. Oscilo entre mi jornada entre papeles, los recados, las recogidas del colegio de mis hijas y los paseos perrunos por senderos cercanos. 
  • Los gustos. No me gusta la ropa excesivamente ajustada, si hay algo que me desagrada es sentir limitada mi comodidad o mi libertad de movimientos por una prenda. A lo que se une que el año pasado tuve que dejar de usar una prenda que me encanta: los vaqueros. Cuando los ganglios linfáticos se quejan hay que hacer caso, así que la ropa excesivamente ajustada en la entrepierna dejó de ser utilizada. Tal cosa no me costó demasiado porque ya estaba en transición hacia un guardarropa hecho a mano y los pantalones no estaban muy presentes en esa fase. Lo bueno de todo eso es que mi proceso de definición de estilo fue enriquecido por una revisión -obligatoria, pero no por ello menos válida- de mi relación con mi propio cuerpo y la ropa que me cubre. Llegué a una conclusión principal: mi ropa ideal es aquella que no se hace notar, la que puedo llevar puesta durante horas y no recordarla para nada. A veces, tener claro lo que no gusta ayuda a definir lo que sí. Por ejemplo, si no me gustan las prendas abotonadas en la espalda, descartaré las prendas que cierren de este modo.
  • Las elecciones de estilo. Desde la adolescencia tengo una preferencia no disimulada por la ropa holgada y los colores oscuros. Durante años, en mi armario predominaron el negro, el azul marino, el gris, el caqui. Mi uniforme eran vaqueros y camisetas, en su mayoría heredados; salvo excepciones, no disfruté de ropa nueva comprada a mi gusto hasta los 20 años. Cuando empecé a coser, pasé del estilo normcore y más bien deportivo a explorar nuevas formas, nuevos tejidos, y por el viejo y comprobado método prueba-error,  a detectar qué cosas me sentaban bien y me funcionaban en mi vida diaria. Mi silueta preferida es rectilínea y en ella destaca muy poco el pecho, por motivos obvios. No rehuyo el volumen en mi mitad inferior, ya que me gusta llevar faldas con más o menos vuelo, pero en la superior evito conscientemente los escotes demasiado abiertos o pronunciados ya que no hay curvas que realzar. En horario de trabajo suelo optar por vestidos -no excesivamente entallados ni demasiado llenos de detalles decorativos- ya que me hacen más fácil la combinatoria mañanera. En cuanto al largo, suelo optar por el largo por la rodilla o justo por encima; no llevo minifaldas ni maxifaldas, ya que no me facilitan la vida. Si de hacer compras o pasear fauna doméstica se trata, prefiero prendas de aspecto andrógino o industrial, imperceptibles de lo cómodas que son. Ahí prefiero pantalones+parte de arriba o petos con camiseta. En invierno suelo llevar camisetas como partes de arriba porque me ayudan a mantenerme calentita, sin embargo en verano no llevo camisetas porque odio la sensación del tejido elástico mojado por el sudor cerca de la piel. Así que para mis partes de arriba elijo mangas kimono o raglán, mis preferidas por la ventilación que proporcionan, en tejidos no elásticos y finos, más transpirables. Puestos a buscar definiciones, diría que mi estilo es femenino, cómodo, amante de las formas simples. En resumen, las elecciones van variando, ya que una no deja de darse cuenta de nuevos descubrimientos y preferencias, este es una especie de camino personal en el que siempre se descubren cosas nuevas.
Las herramientas con las que planifico mi costura son tres: la lista de deseos, el inventario de patrones y el plan de costura.

  • La lista de deseos. Es un documento de texto de Google drive donde vuelco mis flechazos patroniles y me permite filtrar, entre todo aquello que me llama la atención, lo que puede funcionar y lo que no. No es la biblia ni un decreto-ley, y tanto pueden entrar modelos como salir. Si compro alguno, lo paso al siguiente documento, así que es un texto en permanente modificación. Aquí no distingo entre temporadas, sólo hago una agrupación en bruto por tipo de prenda.
  • El inventario de patrones. Es una hoja de cálculo de Google drive donde anoto el nombre de patrón (y diseñador), formato (.PDF o papel), tipo (hombre, mujer, niña o mascota), fecha de adquisición (si la recuerdo), definición muy simple del modelo, veces que lo he hecho y talla realizada. En análisis preliminar, me permite dilucidar si ese nuevo modelo taaaaaan estupendo que acabo de anotar en la lista de deseos se parece sospechosamente a algo que ya tengo (y que, oh casualidad, es fácilmente tuneable). Y en uso continuado me permite llevar un control de lo que tengo, de lo que carezco o de lo que tengo demasiado.
  • El plan de costura. Es otro documento de texto de Google drive (en realidad son dos, uno por temporada) donde anoto por tipologías lo que necesito coser: prendas de abrigo, vestidos, pantalones, partes de arriba o prendas interiores adecuadas a cada estación. Para calcular las cantidades que necesito, tengo en cuenta las prendas que están en rampa de salida en mi inventario de armario. Todas las temporadas hay al menos un par de ellas en cada categoría, a punto de morir y sin posibilidad de recuperación, así que planifico en consecuencia. Muchas veces no es necesario adquirir ningún patrón nuevo, ya que con un simple cambio de tejido un mismo modelo puede funcionar bien todo el año. Junto al modelo y cantidad, anoto mis ideas de tejidos para cada realización. 
A continuación y como ejemplo práctico, algunas de mis elecciones para el plan de costura de este otoño-invierno en vigor. Están ya cosidas, en espera de ser fotografiadas. El plan de primavera-verano está en elaboración, que remataré a lo largo de este mes.

  • Rebecas. Soy de rebecas, lo confieso, pero como tejer de momento no es lo mío, me he quedado con:


Oslo, del primer número de Seamwork

Julia, de Mouse House creations

  • Camisetas de manga larga. Mi imprescindible del invierno.


Renfrew, de Sewaholic


Brontë, de Jennifer Lauren Vintage

  • Vestidos. 

Pernille pencil dress, MariaDenmark



Autumn love, de Nettevivante

  • Pantalones.

Holly (v.3), de ByHandLondon

  • Jerseys.

Aime comme Minute, de Aimecommemarie, versión manga larga

En resumen, así es como planifico mis costuras. Lo cual me origina sesiones temáticas de trabajo: montaje/calcado de los patrones, pruebas correspondientes, sesiones de corte y -finalmente- sesiones de costura. Ello espacia las sesiones de costura si no hay emergencias por medio (léase: costura de carnaval para niñas o costura doméstica de variada índole), pero me vuelve más productiva.
¿Hay alguien ahí siguiendo The Wardrobe Architect? ¿Qué tal el reto de enero?










martes, 13 de enero de 2015

Organizando el armario para coser mejor

Parece mentira, pero hace ya más de seis meses desde mi última entrada sobre patrones básicos. El pasado año no fue especialmente favorable a mi costura ni a este blog y tuve que adaptarme al ritmo lento de los acontecimientos. Estuve muchos meses cosiendo poco (para lo que solía) y obviamente, nada de bloguear ni de andar por ahí contando lo hecho. 
Tenía muchas ganas de sacarme la espinita con una entrada que llevo tiempo meditando. Tiene que ver tangencialmente con la costura, pero más bien con la organización y planificación previa de la lista de costura y con el aspecto general de la gestión de los recursos indumentarios de que todos disponemos, tengamos la habilidad costurera o no. Voy a mezclar estrategia práctica con las reflexiones que me guiaron en su momento. 
Aviso a navegantes: este es un post largo, leer en un asiento cómodo.  La autora de este blog no se hace responsable de las lesiones derivadas de la lectura inadecuada de esta entrada. Usar con moderación, disfrutar responsablemente y ante cualquier duda, consulte con su costurera o fisioterapeuta.



¿Quién le pone el cascabel al gato?



El tema de la organización es uno de mis mantras personales; suelo decir que el tiempo es mi única riqueza y como no sea por una buena razón, me fastidia mucho perderlo. Ya he hablado con anterioridad de la productividad y planificación de la costura, pero hoy abordo el paso previo a la lista o plan de costura, ya que para saber exactamente qué hay que coser, hay que saber antes qué se necesita. Así que, aunque parezca una perogrullada a veces toca reflexionar, sobre todo cuando llega ese momento odioso en el que te das cuenta de que por más que metas la nariz en un armario atestado de ropa, siempre terminas pensando que "no tienes nada que ponerte". Uno de mis momentos de lucidez de 2.013 (hace año y medio ya, aprovechando las vacaciones de verano) me condujo a hacer una profunda limpieza de armarios que duró dos meses, y que repercutió en mi costura posterior mucho más de lo que yo pensaba en un principio. Tardé todo ese tiempo no tanto por la cantidad de ropa que había que purgar, sino por la escasez de tiempo que podía dedicarle a la tarea cada día y por la minuciosidad con que me enfrenté al reto. Mi armario como conjunto no estaba funcionando, me sentía atrapada en la sobreabundancia de lo que yo llamo "la maldición de la mujer moderna" y tenía que hacer algo drástico para encaminar mi frustrante caos mañanero. Os detallo los pasos que seguí para no morir en el intento y que el resultado de la limpieza sirviera realmente para algo más que para echar ropa fuera y despejar el campo.
  1. Hice un inventario de lo que había en cada armario. Un inventario es básicamente un recuento, así que cogí una hoja de cálculo y me creé un documento donde detallé todas las categorías que creí necesarias. Hice una primera subcategorización basándome en las dos temporadas principales del mundo de la moda comercial (otoño/invierno y primavera/verano), que luego desmenucé a placer: pantalones, vestidos, faldas, camisetas, blusas o prendas de abrigo para cada temporada iban siendo contadas debidamente. Aparte creé una categoría para la ropa de ocasiones especiales y no sujetas a estacionalidad (trajes de novia, fiesta o tradicionales), que aunque no suelen ser de uso común sí que ocupan sitio en el armario metidos en fundas o cajas de almacenaje. Conté hasta la ropa interior, los calcetines, las medias, los pijamas. Todo. Apunto que mis categorías son las que me funcionan bien a mí, pero quien prefiera puede usar cuatro: frío, calor, entretiempo y ocasiones especiales, o las cuatro estaciones + ocasiones especiales. Esto debe cuadrar con la lógica personal de cada uno para funcionar.
  2. Empecé un proceso de selección que me hizo crear cuatro montones de ropa: 
    1. la que se queda
    2. la que está en buen estado y se va (donaciones familiares/vecinales, trueques con amigas, Cruz Roja, Cáritas o contenedores de recogida, según gusto del consumidor) 
    3. la que está en mal estado y no es reparable (y cuyo destino inexorable es el punto limpio, junto con los zapatos viejos)  
    4. la que se queda, pero necesita un remozado (y va temporalmente al cuarto de costura a recibir un remiendo creativo, un tinte, una reforma o sufrirá una reconversión posterior en otra cosa).
  3. Para ayudarme a decidir en mi proceso selectivo, elaboré un pequeño cuestionario que apliqué religiosamente a cada prenda. Lo cual explica, de paso, porqué tardé tantísimo en mi proceso.
    • ¿Cuánto hace que no la uso? La respuesta ya nos da una pista sobre las prendas infrautilizadas que tenemos. Si algo lleva varios años en nuestro armario sin ser usado, malo. A estos efectos, no nos aporta nada nuevo saber que llevemos seis meses sin sacarlo si estamos hablando del abrigo de lana de cada invierno (ese no cuenta), pero si tenemos un maravilloso vestido de gasa bordada que lleva la friolera de diez años en su percha y nunca ha sido usado, algo hemos hecho mal. Ehem, culpable.
    • ¿Me queda bien? La prenda tiene que sentar como un guante, ser exactamente de la talla de uno, sin apreturas ni holguras excesivas. Ni dejarnos pliegues raros en zonas comprometidas, ni caer sobre el cuerpo de forma extraña. Es absurdo guardar como un tesoro ropa de tallas que ya no son la nuestra, con la esperanza de recuperar lo que ya no será como antes. O comprar una prenda que de entrada no termina de quedarnos bien sólo porque es "del color perfecto" o "de mi marca favorita y está taaaan rebajada". Hay que atreverse a ser exquisitos y exigentes cuando se trata de elegir prendas que se supone que vamos a llevar mucho. Si te sientes asfixiada por esa camiseta tan mona o sufres porque se te caen los vaqueros, aprende a interpretar las señales. Si sólo compras, usa el probador, por mucha fobia que le tengas; si coses, haz una glasilla o versión de prueba, lo agradecerás. Y vence la pereza a la hora de arreglar tú misma o hacer arreglar aquella ropa que no te sienta bien, siempre vale la pena poner en uso una prenda que, a fin de cuentas, es una inversión.
    • ¿Me favorece? En este punto analizamos el color y el estampado del tejido y su coincidencia con nuestra apariencia, aunque para que ésto sea posible hay que tener una idea más o menos clara de cómo es el propio estilo y cierta conciencia de lo que nos sienta bien. Por lo general, la ropa que debe quedarse es aquella que nos hace sentir de maravilla, que cuadra con el tono de nuestra piel, cabello y ojos y nos aporta "luz" al rostro. Es un concepto artístico: como seres coloreados que somos, hay gente en la que predominan tonalidades frías y gente en la que predominan tonalidades cálidas; llevar prendas de la gama contraria sienta simplemente como una patada en la cara. Una prenda con la que no nos vemos con buen aspecto no debería quedarse, por mucho valor sentimental o económico que tenga.
    • ¿Me gusta? Aquí hay que tener en cuenta las preferencias personales. Si odio los botones, ¿porqué me empeño en tener camisas o polos; sólo porque "se llevan ahora"?. Ay, las tendencias, cuánto daño han hecho al imaginario estético personal. Por una vez, démonos el gusto y seamos coherentes. Si no gusta absolutamente todo de esa prenda, no se compra (o no se cose).
    • ¿Necesito esta prenda? La pregunta del millón, señoras y señores. Si la prenda no cuadra con ninguna de mis actividades diarias (¿recuerdan el concepto de necesidades indumentarias?) ni con mi estilo, debería irse. El viejo uniforme del anterior trabajo, prendas demasiado "vestidas" o muy deportivas para mi día a día, unos pantalones que no me pondría jamás porque "no termino de sentirme yo con ellos", pero son tan bonitos deberían buscar nuevo hogar.
    • ¿Porqué la guardo? Ahí caben toda clase de explicaciones y autojustificaciones peregrinas: desde la simple comodidad (como aquella vieja camiseta dada de sí que te pones cada fin de semana o el chándal del Pleistoceno Superior que ya está descolorido y lleno de bolitas), el valor sentimental (piezas heredadas o regaladas por gente que fue importante en nuestra vida, o porque fueron el primer X que compramos con un sueldo adulto) hasta el valor económico (joroba muchísimo renunciar a una prenda cara cuyo color no termina de cuadrarnos) o el estético (hay ropa realmente preciosa que cuesta mucho dejar ir) explican que carguemos, años después de haberlas comprado, con prendas que están sin estrenar o han sido puestas sólo un par de veces.
 Una vez terminado el proceso, con su correspondiente examen de conciencia, me di cuenta de varias cosas.
  • Aunque había bastante ropa en mis cajones, la ropa que usaba con frecuencia real en mi rotación semanal era muy poca. Sin darme cuenta, mis atuendos cotidianos giraban en torno a unas pocas prendas e ignoraban sistemáticamente el resto de opciones disponibles. Guardaba camisetas manchadas o rotas por pereza, por no tirarlas o dedicarle un rato al arreglo de turno, o prendas que no me iban bien de talla porque me daba pena dejar ir algo que me gustaba mucho, que había llevado en momentos felices o que no quería dejar marchar por no reconocer una compra fallida. Así que la ropa que se fue llenó varias bolsas y me dejó los cajones casi vacíos. Lo más sorprendente de todo esto es que, pese a la limpia drástica que supuso, no noté una gran carencia de prendas. La gran lección de todo esto es que, siendo honesta, necesito mucha menos ropa de la que creía. En consecuencia,  tampoco necesitaba tanta como había anotado en mi plan de costura anterior (que se basaba en lo que ya había, no en mis necesidades reales). Lo cual fue un alivio porque ya me veía a mí misma en plan "sweatshop" cosiendo a destajo cual condenada a trabajos forzados.
  • Me di cuenta de otra cosa fundamental. Aunque no era la primera vez que hacía limpieza de armarios, sí que era la primera ocasión en la que lo hice con criterios claros y definidos. Y lógicamente, me percaté de pifias del pasado, con respecto a adquisiciones/costuras anteriores y pretéritas limpiezas de armario hechas al buen tuntún y sin rumbo fijo. De ropa de la que me desprendí sin estar totalmente segura y que hoy echo de menos o que decidí quedarme para no hacerle ni caso. De ropa cuyo color ni de lejos me favorece pero que adquirí o cosí por puro placer estético, sin tener en cuenta si cuadraban con mi vida y mi aspecto. De que mis errores me han costado dinero. Curiosamente, ésta es la realidad que más me ha dolido, porque en los tiempos que corren a nadie le sobran los euros, y una compra fallida es dinero tirado a la basura, regalado a la vecina o dormido en el fondo de un cajón. Hace tiempo leí, a propósito del decrecimiento económico, sobre el concepto de coste por uso de las prendas de vestir, que ya he ido aplicando por aquí en mis reviews costuriles. Resumiendo mucho, el coste por uso de cada prenda (o de cualquier objeto) se averigua dividiendo el precio de la misma por el número de veces que se ha usado. A mayor uso, menor coste por uso. Fácil de entender hasta para alguien de letras, ¿verdad? Aplicando este criterio, uno termina dando la razón a quienes recomiendan adquirir prendas de buena calidad (no necesariamente de marcas de campanillas, ojo), pero sí bien terminadas, bien confeccionadas y con materiales y detalles que las hacen duraderas. Lo cual, claro, no suele aplicarse a la ropa de calidad mediocre y precios irreales (tanto al alza como a la baja) que uno encuentra en la gran distribución, la venta por catálogo o el súper/híper de turno. En cuanto a mi costura, me aplico el cuento pensando mejor qué coso y porqué. Al principio cosía por impulsos, seducida por un tejido o un patrón nuevo más que guiada por mis propias necesidades, lo cual me generó tener algunas prendas muy bonitas pero nada útiles. No me apetecía usar algo que me había llevado no sólo dinero, sino tiempo confeccionar. Y eso, para alguien que odia perder el tiempo, es una bofetada en la cara.

Así que, aprendiendo la lección con la mayor dignidad posible, las repercusiones en mi costura fueron claras y directas:

  1. Elaboración de una lista o plan de costura más eficaz, en función de lo que me gusta llevar y realmente necesito. Mi costura se articula desde entonces en torno al concepto "colección cápsula", que procede del mundo de la moda y cuya aplicación detalló el año pasado en la serie de posts "The Wardrobe Architect" Sarai Mitnick, la diseñadora de Colette Patterns. En mi caso, estas pequeñas colecciones de prendas compatibles entre sí tienen que cumplir con el requisito prioritario de ser combinables con el resto de mi ropa de temporada, para que lo que se va deteriorando o jubilando pueda salir del armario sin dejar huecos significativos y el número de prendas por temporada permanezca relativamente estable. Este concepto, desde luego, es flexible y debe adaptarse a las propias necesidades; no me suele hacer falta pensar y coser una colección cápsula completa. Si una temporada no necesito realmente una prenda de abrigo, hago mis planes con lo que ya tengo y planifico coser lo que sí necesite por razones de sustitución: por lo general partes de arriba o alguna de abajo. A estos efectos busco patrones básicos que me permitan, con la única variación del tejido o las propias opciones que ofrece, tener una especie de "colección cápsula permanente" con la que jugar.
  2. Reduccción del número de prendas que necesito coser. Desde luego, establecer una cantidad razonable de prendas por temporada es una cuestión muy personal, pero objetivamente depende de varios factores: de la frecuencia con la que se realice la colada (y ésto depende del número de personas que vivan en una casa, del volumen de ropa sucia generado y de la capacidad de la lavadora), de si disponemos de secadora o no, o de la estación del año que estemos planificando. En mi caso, en invierno necesito más prendas porque no tengo secadora y dependo de la meteorología, así que necesito más prendas para no perder libertad de movimientos, mientras que en verano puedo pasar con menos porque todo se seca enseguida. También ocurre que en invierno uso más capas de ropa, cual cebolla, y en verano no necesito tanto material textil para cubrirme.
  3. Costura lenta. Mi ritmo de costura ha bajado, es una realidad. No sólo se ha debido a mis avatares de salud -que han tenido parte de culpa el año pasado-, sino también al hecho de tener las ideas más claras y pensarme mucho más qué voy a hacer. Empecé a coser para mí en plan experimental, pero poco a poco fue tomando forma la idea de confeccionarme mi propio guardarropa. No tanto por motivos económicos (hacer ropa de calidad en realidad no es barato) como por motivos prácticos (me cansé de no encontrar cosas que me gustaran ni me terminaran de quedar bien) o éticos (prefiero no comprar ropa que sé que ha podido confeccionar alguien que no cobra lo suficiente para vivir con dignidad de su trabajo). Y esa transición, el paso de comprar a hacer yo, se tradujo al principio en costura compulsiva para mantener el ritmo de mis adquisiciones pretéritas. Lo cual fue un error garrafal, porque mis adquisiciones no se basaban tanto en necesidades reales como en la actitud dócil de buena consumidora que había asumido sin rechistar. Y claro, pretender coser a un ritmo industrial es matador, no es realista y le quita mucha gracia al momento antiestrés. Ni voy a vender lo que hago, ni quiero tener un vestidor de tres plantas para poder meter dentro todo lo que cosa.
  4. Mayor satisfacción de uso. La consecuencia primordial de todo esto es que tengo menos ropa en mi armario, pero la uso con mayor frecuencia y placer. Eso me ahorra muchos dolores de cabeza en la labor combinatoria, lo cual agradezco porque me levanto temprano y no dispongo de mucho tiempo para arreglarme. Y mi humor fashion cuando aún no ha amanecido brilla por su ausencia. Así me resulta mucho más fácil no sólo coser sino también disfrutar del resultado. Como ejemplo, considero que mis costuras de 2.014 han sido de las más satisfactorias y queridas hasta ahora, aunque no las haya mostrado aquí: tres vestidos y un pichi de invierno, dos pantalones (uno de invierno y uno de entretiempo), dos faldas de verano, tres blusas de verano, una rebeca o dos camisetas de invierno que han estado en rotación constante cuando la meteorología lo ha permitido.
Y ahora sí, feliz 2.015. Que sea un año lleno de salud, costura y proyectos.

lunes, 28 de julio de 2014

Patrones básicos, cómo elegirlos.

Vuelvo a la vida bloguera, por fin. Han sido demasiados meses sin poder coser, ni sentarme siquiera a contar lo poco que he confeccionado este año, ni humor para nada. En lo personal está siendo un año complicado, así que una desconexión bloguera como la de los últimos meses ha sido terapéutica y muy necesaria. Ruego no me lo tengan en cuenta.

Hoy vuelvo con una de las entradas teóricas que anuncié hace un par de meses. Cuando hablo de patrones, suelo referirme mucho a lo que llamo "patrones básicos". Entiendo por patrón básico aquél que me permite confeccionar una prenda no excesivamente complicada en cuanto a diseño pero susceptible de sufrir múltiples modificaciones, tanto en lo relativo al tejido como al diseño en sí mismo (sugeridas o no por el diseñador). Las prendas básicas, a su vez, suelen ser aquellas que pueblan nuestros armarios en más de una unidad (por lo general de acuerdo a las estaciones) y que son fácilmente combinables con distintos tipos de prendas. Por ejemplo, una camisa de botones. Un dos tres, responda otra vez: la camisa de botones, el pantalón vaquero, la chaqueta sin solapas, la falda recta, un vestido entallado. A quince pesetas la respuesta, tenemos un total de setenta y cinco pesetas. Hecho el chiste fácil "concursil", sigamos.

Definir qué prendas son básicas en el armario de cada uno es algo muy personal y debería ir acorde con el estilo de cada cual y sus necesidades indumentarias. Generalmente, uno no necesita la misma ropa para ir a trabajar que para hacer la compra o hacer deporte. Así que en función de cómo tengamos distribuidas nuestras actividades y, el uso que hagamos de las prendas, tendremos unas cuantas pistas de qué patrones tenemos que buscar para satisfacer nuestras necesidades.

Seguidamente, os cuento qué busco yo en un patrón para referirme a él como básico:

  • Sencillez. Para empezar, no hace falta elegir patrones con diseños especialmente complicados, con chorrocientas piezas y mil y un retos constructivos. Un diseño simple se presta a múltiples modificaciones y esta es la principal característica de un patrón versátil. Cualquiera que se preste a ser realizado en distintos tejidos, que permita conseguir un look de trabajo, de diario o de fiesta sin tocar absolutamente nada del diseño es un punto a favor. Y que sea realizable en tejidos no extensibles, tanto como en género de punto es otro elemento maravilloso (sí, esos patrones mixtos son un ave rara, pero existen). También entran en esta categoría los patrones con varias versiones, que nos permitan combinar distintos elementos de diseño, como mangas, escotes, largos de pernera, vuelos de falda o bolsillos para lograr múltiples variaciones de la misma prenda.
  • Modularidad. Elegir una prenda de las llamadas "básicas" nos permite combinarlas en función de las ocasiones. Un pantalón con un corte que nos siente bien siempre podrá combinarse con camisetas o blusas en función de la ocasión y realizarse en tela vaquera o satén. Una falda lápiz puede hacerse en tejidos aptos para oficina o en punto para un uso relajado. Lo básico de una prenda lo da su posibilidad de combinarse con el mayor número de prendas posible, y eso generalmente viene dado por el uso del color que hagamos. Por norma común, un color liso es más combinable que un estampado: podemos coser un blazer precioso, pero funcionará mejor si elegimos un color liso que combine con la paleta dominante de nuestro guardarropa, que si elegimos un satén floreado demasiado vistoso y poco combinable. Los colores lisos son una apuesta segura, si forman parte de la paleta que mejor nos favorece.
  • Favorecedor. Un patrón básico sienta bien. Su corte remarca aquello que nos gusta destacar o bien oculta lo que no queremos enseñar. Es así de sencillo. Se trata de averiguar qué cortes, siluetas o detalles son las mejores para nosotras y nuestras particularidades anatómicas. Los que funcionan. Los que no, se van descartando. Lamentablemente no hay fórmulas mágicas, a veces la prueba y el error son la única forma de ganar en autoconocimiento, aunque ayuda intentar averiguar qué tipo de silueta se tiene para elegir en consecuencia. A veces no hay más remedio que asumir que un patrón que nos pareció maravilloso y brillante, al ser analizado fríamente pierde todo su atractivo. Que tras el arrebato comprador vemos que no funciona.
  • Practicidad. Un buen patrón resulta en una prenda que no sea engorrosa de utilizar. La comodidad no es negociable, y busco aquellos detalles que me hagan la vida fácil: bolsillos, facilidad de cierre (o de modificar el sugerido), holgura suficiente. No hay nada peor que tener un vestido precioso con botones a la espalda... que se claven cuando te apoyas al sentarte. O una falda lápiz demasiado estrecha que no te permite andar bien. O un vestido con una cremallera latosa y un corchete difícil de cerrar.

Vale la pena hacer una labor de investigación previa antes de una nueva adquisición. Revisar los comentarios de otras costureras o ver prendas terminadas y evaluar los resultados en morfologías similares a la nuestra ayuda a tomar una decisión respecto a un patrón dudoso.

También vale la pena dedicar tiempo a revisar nuestro concepto de estilo, a hacerle la autopsia a nuestro armario e incluso inventariar su contenido. Definir qué nos gusta vestir, y porqué nos permitirá elegir fríamente un nuevo patrón, al margen de los flechazos que suponen las novedades que constantemente salen en la blogosfera. Y hay que recordar una cosa: el estilo permanece, las modas pasan. Descubrir aquellos elementos que permanecen en nuestro armario con el paso del tiempo nos da claves sobre aquello que define nuestra manera de vestir, sobre los elementos característicos de nuestro estilo personal. Nuestras elecciones hablan de nosotros, sólo hay que saber escuchar.

Y ahora, la chicha a la que hincarle el diente: mis patrones básicos.



Una perfecta camiseta pensada para tejidos no elásticos. Permite retalear a gusto, o no y en su web hay tutoriales para adaptarla a tejidos elásticos.



Hasta nueve combinaciones de escotes y mangas son posibles.  Y con un poquito de matemática básica, hasta vestidos salen. Palabra.




Un todoterreno para todo el año. De tejidos frescos para el verano o franela para el invierno. Fácilmente versionable y con un librito extra de variaciones gratis.




Otro todoterreno que puede funcionar todo el año.

Edición del 14/05/2015: he retirado el enlace a la prenda de Aime comme Marie ante el debate surgido en Francia sobre la originalidad de varios de sus diseños. 




Unos pantalones ajustados que pueden funcionar todo el año siempre que el tejido tenga hasta un 5% de elastano. 


Esta es una lista resumida, sujeta a nuevas incorporaciones:
  • Otra chaqueta básica podría ser la Ninot de Pauline Alice, que viene con la versión de niña incluída (lo cual me viene de perlas porque es un diseño clásico precioso).
  • Más camisetas básicas podrían ser la de raglán de Naii (verdadera multiusos que en mi familia viste nada menos que a tres mujeres de distintos tamaños por sólo 5€) o The Tee de Sewing Cake, una de mis favoritas ya que tiene manga kimono (y es gratuita).
  • Como vestido multiusos, el nuevo Myrtle de Colette es un combo que igual funciona en tejido no elástico como en género de punto (tutorial de adaptación a tejidos no elásticos en su web).
  • Blusas como la Carme de Pauline Alice o la Afternoon Blouse de Jennifer Lauren Vintage también serían buenos patrones básicos.

Como hemos dicho, mientras haya posibilidad de variaciones y sean modelos combinables y favorecedores, tenemos patrones básicos. ¡Hasta la próxima!